Las llamadas en comisaría no cesaron durante toda la mañana, según le habían dicho, pero aquello era algo normal. En una sala pequeña, todos los agentes de policía que no se encontraban patrullando las calles se veían obligados a rellenar papeleo, tramitar gestiones banales y atender el teléfono. Nora apenas llevaba una hora en su recién comenzada rutina de oficina intensiva y ya empezaba aburrirse. Había comunicado a su superior, el Capitán Duncan, las noticias sobre su embarazo y la normativa obligaba a que la chica ocupase los meses que restasen hasta la fecha de la baja una posición sobre la silla. Y era horrible.
—¿Tu crees que podrán mandarme mañana a otro distrito? Nunca pasa nada en Diamond Lake —comentó Helena con una mueca de disgusto. Su mesa estaba colocada frente a la de Nora, en posición contraria, como si ambas estuviesen a cada lado de un espejo. La ventaja era clara, pues tenía a su compañera y amiga siempre junto a ella. La desventaja era escucharla hablar incluso en momentos de concentración. —Ya le trasladé mi queja a Duncan, pero dice que hable con el Sargento.
—Oh, no —dijo Nora, fingiendo preocupación. Realmente la entendía.
—¿Y adivinas qué me va a decir Ethan? Que no puede dar tratos distintos a cada uno de sus agentes sólo porque algunos sean más cercanos con él que otros. Como si le oyera —bufó. Apenas trabajaba. Miraba a todas partes conforme hablaba mientras que Nora tecleaba guardando una denuncia en el archivo digital. —Es una estupidez esa norma que nos clasifica por niveles de experiencia para acceder a los casos. Cuando trabaje con un asesinato de verdad, tendré canas —continuó.
—¿Por que no haces las pruebas para ascender al rango de Sargento?
—¿Y perder mi lugar privilegiado frente a ti? Superamos las pruebas juntas y aquí seguiremos hasta que algo cambie, como que decidas dejar de lado todo lo que has conseguido por criar a un bebé feo y gordo.
—No voy a dejar el trabajo, eso jamás —sonrió Nora, sin dejar de mirar a la pantalla del ordenador. Hacía ya un rato que le estaba costando transcribir las palabras y sentía que algunas se tropezaban con otras, de forma que escribir de forma fluida estaba siendo algo complicado. Para colmo, los teléfonos volvieron a sonar por toda la oficina, lo que terminó de crispar los nervios de la joven. Se frotó la frente con cansancio ¿A caso aquellos eran los primeros síntomas de agobio? Se vio obligada a negar con la cabeza para apartar aquellas sensaciones rápidamente. Durante las semanas en las que había sido consciente de su estado, se había mentalizado de los cambios por los que su cuerpo atravesaría y se había convencido a sí misma de no sucumbir a los más influyentes. Quería trabajar, estar activa y seguir en primera linea, aunque fuese detrás de un monitor. —¿Puede alguien coger el teléfono? —preguntó extrañada.
—Ha debido ocurrir algo gordo —comentó Helena. Normalmente, cuando algo significativo ocurría, todas las líneas demandaban auxilio a la vez. Agudizando el oído, podían oír incluso en teléfono del Capitán sonando desde su despacho, a unos metros alejado de la oficina. —Voy a ver.
Cuando Helena se marchó, Nora encontró un momento más de concentración. Tecleó de forma frenética tan rápido como pudo para intentar quitarse de encima el primer grupo de archivos que le habían encomendado. Pero, por desgracia, algo volvió a captar su atención. El resto de agentes de policía comenzaron a movilizarse, levantarse de sus asientos e incluso marcharse de forma acelerada. Nora frunció el ceño sin comprender qué ocurría. Se puso en pie de forma instintiva y buscó con la mirada alguna señal que pudiese darle respuestas. Ethan entró corriendo en la oficina. Tenía la cazadora mal colocada y su cara de preocupación fue demasiado expresiva y real como para sospechar que pudiese estar bromeando. Una mala sensación recorrió la espalda de la chica cundo observó como se dirigía directamente hacia ella, mientras que, desde la dirección contraria, también lo hacía Helena tras salir del despacho del Capitán. —¿Qué esta pasando?— preguntó con enorme extrañeza.
—Nora... —comenzó a decir Helena.
—Helena, ve a St Royal ya. Quiero una patrulla entera acordonando la zona ¿Entendido? —Ordenó de forma repentina Ethan. St. Royal... era la avenida donde se situaba la empresa de biomedicina en la que Jack trabajaba. —Nora, tú quédate aquí.
—Pero si yo ni si quiera...
—He dicho que te quedes aquí —repitió. —Ha pasado algo y vas a tener que mantener la calma. —Aquellas fueron palabras suficientes para que Nora rompiese a sudar. La mala sensación se acrecentó enormemente y las posibilidades de que el problema de la kilométrica St Royal se ubicase cerca de Jack empezaron a aumentar exponencialmente. Helena dio un paso al frente, quiso decirle algo a la chica pero no pudo.
—Helena, he dicho que te vayas. ¡Ya! —volvió a ordenar. La joven apenas pudo hacer nada. Se lamentó con un gesto y se preparó para marcharse. Salió corriendo de la oficina mientras reforzaba el cinturón en el que colgaban sus armas y... Nora solo pudo echarse a temblar.
—¿Qué está pasando? —se atrevió a preguntar.
—Es Vicorp. Han tenido un accidente —terminó por confesar.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Y Jack?! ¡¿Le ha pasado algo a Jack?!
—¡Eh, eh! —Ethan obligó a Nora a sentarse. La mujer no se había dado cuenta, pero se había puesto blanca y estaba alterada a unos niveles que no eran sanos. —Intenta mantener la calma ¿De acuerdo? Voy a ir para allá con unas cuantas patrullas. Tú quédate aquí e intenta respirar.
—¿Por qué me dices eso? ¿Qué ha pasado? —insistió la chica, con lágrimas en los ojos amenazando con desbordarse. Su mente iba más rápida que las palabras del hombre, pues estaba claro que estaba ocultándole algo.
En aquel preciso instante, el Capitán Duncan salió del despacho. Se dirigió con paso firme y acelerado hasta Ethan, son sin antes mirar a la chica y reflexionar un par de segundos antes de hablar. —Sargento Williams, le quiero en St. Royal ya. Acaban de pedir refuerzos —explicó. —Quiero que busque los equipos de protección y los reparta con el resto de agentes ¿Me ha entendido? Nos reportan que el ambiente puede ser nocivo debido a la actividad que se desarrolla en Vicorp. Busque a los chicos, reparta los equipos y diríjalos. ¿Entendido?
—Sí, señor —asintió. —Nora... tranquila. Volveremos enseguida. —Ethan no tuvo tiempo de más. Se ajustó la cazadora y se marchó en la misma dirección que Helena había tomado hacia un par de minutos. Sin embargo, Duncan no se fue. Se colocó frente a la joven cuya mirada ahora estaba perdida.
—DeWitt, su compañera me ha dicho que su pareja sentimental trabaja en Vicorp. ¿Eso es así? — Ella respondió con un gesto poco claro, pero suficiente.
—¿Qué pasa en Vicorp? —murmuró.
—Un accidente ha hecho que la estructura se venga abajo. Nuestros agentes están ya trabajando para ayudar al personal lo antes posible —informó. Nora le escuchaba y no a la vez. Se puso nuevamente en pie, como si se tratara de un robot. Se ajustó el cinturón y dio un paso adelante, pero rápidamente fue detenida por el Capitán. Su mano se posó sobre el hombro de la chica de una forma tan contundente que no pudo continuar. —Usted debe quedarse aquí. La ley me impide dejarla ir en su estado.
—Pero... pero no...¡No puedo! ¡Es Jack! ¡Tengo que ir! —gritó la chica, alternado a los agentes que quedaban en la oficina. Poco a poco empezaba a despertar el ensimismamiento y a tomar conciencia del problema que tenía. Las lágrimas escaparon de sus ojos de forma inoportuna.
—DeWitt, insisto. No le pido que atienda al teléfono ni que trabaje, pero quédese sentada aquí. Es su deber. —añadió. La mujer le dedicó una mirada desafiante. Jamás, en su vida, hubiese mirado a si a su superior. Le había costado años de formación entrar al cuerpo y adoraba su trabajo sobre todas las cosas. Pero Jack iba antes que todo.
Los teléfonos siguieron llamando y el trabajo del Capitán continuaba. Tras comprobar que la chica se había quedado quieta y sin amenazar con marcharse, terminó por marcharse, no sin antes dar un par de palmadas en señal de lamento sobre el hombro que ya sujetaba.
Las manos de Nora estaban inquietas. No podía sentarse, no podía caminar. Sentía que todos le miraban y sabía perfectamente que si no hacía algo en aquel momento iba a volverse loca. Y entonces, pensó rápido. Si la ley impedía que una agente embarazada pusiese su vida en riesgo participando en una actividad en la calle, dejaría de ser una agente durante aquel día. Desenganchó su placa del bolsillo de la camisa, la cual dejó sobre su mesa junto con el arma reglamentaria, y salió corriendo de allí.
Mientras corría escaleras abajo en dirección a la puerta, sacó el móvil. Marcó incontables veces el número de Jack pero éste no descolgaba. —Vamos, vamos, vamos... —insistió, sin obtener más respuesta que una voz robótica que le informaba de que el número no estaba disponible en aquel momento. Cuando llegó a la puerta, optó por buscar otro número al que recurrir. Necesitaba llegar a Vicorp cuanto antes, pero no podía coger ningún coche de patrulla sin la placa. Y además, algo le decía que estaban todos ocupados. Pasó los nombres de la agenda deslizando el dedo hacia abajo, y comprendió que buscar ayuda iba a ser difícil. Todos sus amigos estaban trabajando en aquel momento y el favor que tenía que pedirles les obligaba a dejar sus puestos, pero, por pura desesperación, acabó marcando el número de Arthur.
El contestador saltó una, dos y tres veces. Debía estar dando clase. Nora sintió unos deseos irrefrenables de estampar el teléfono contra el suelo justo antes de que éste sonase. Arthur le estaba devolviendo la llamada.
—¿Nora? ¿Qué ocurre? Estoy en mitad de una clase.
—¡Arthur! ¡Arthur, por favor, ayúdame! —rogó. De oírse así misma de aquella forma tan desesperada, rompió a llorar. —¡Es Jack! ¡Ha pasado algo en Vicorp y está casi toda la comisaría en St. Royal! ¡Por favor, ayúdame, tengo que ir hasta allí!
—Espera, espera, espera. Tranquilízate. ¿Donde estás?
—Estoy en la puerta de comisaría. No me dejan ir y necesito ver qué esta ocurriendo. ¡Por favor, ven por mi!
—Dame... dame diez minutos y estaré allí. Te lo prometo. Espera. —Arthur colgó el teléfono rápidamente, de forma que Nora sólo pudo esperar... y aquellos fueron los diez minutos más largos que jamás vivió en su vida.
Arthur ni si quiera apagó el motor de su coche. La chica montó en el asiento junto al conductor sin si quiera ponerse el cinturón. El hombre aceleró de manera casi despreocupada mientras tomaban rumbo hacia la avenida con un rostro de enorme preocupación. —¡¿Qué diantres pasa?!
—¡Vicorp se ha venido abajo! —respondió con voz temblorosa. —¡Y nadie quiere decirme nada concreto!
—Tranquilízate, Nora. Ya vamos —se limitó a decir.
El coche fue conducido a toda prisa entre las rectas y simétricas calles de New Rodes. Nora miraba por la ventanilla, con el corazón en un puño, viendo como adelantaban a todos los coches con los que se encontraban. Apenas tardaron unos minutos de viaje hasta que alcanzaron a contemplar, entre los enormes edificios que componían el centro de la ciudad, una humareda negra que ascendía hacia el cielo nuboso en forma de torre. Era enorme, gigantesca y terrorífica. Suficiente... como para saber que fuera lo que fuese que había ocurrido, debía ser algo horrible.
Entre llantos, Nora apretaba los puños mientras Arthur hacía todo lo posible por llegar cuanto antes hasta la empresa. Pero para desgracia de ambos, se encontraron con un cordón policial justo a unos metros antes de llegar a la zona. Múltiples policías, tanto de la comisaría de Nora como de otras, disponían sus vehículos de forma que nadie pudiese pasar. Era fácil imaginar que la zona contraria de la avenida debía encontrarse en la misma situación. —Mierda, mierda, mierda — gruñó Arthur. —Escucha, vamos a... ¡Eh, eh! —. Para cuando quiso darse cuenta, la mujer ya estaba saliendo del coche. Echó a correr sin miramientos, sabedora de que alguien podría retenerla en cualquier momento. Dado que aún vestía el uniforme, a los agentes que custodiaban el cordón no les extrañó, quizá, ver a una compañera corriendo. Aquello fue como un golpe de suerte para ella, quien se continuó en su carrera con una expresión horrible en la cara. Vicorp... era todo escombros.
La estructura se había venido abajo, y aunque no ardía tanto como en un principio se había imaginado, los cuerpos que los bomberos sacaban de entre los escombros se contaban en docenas. Nora se puso frenética. Angustiada, quiso dirigirse hacia los cuerpos que sacaban y disponían en el asfalto cubiertos por una manta. No quería reconocer a Jack. Se negaba a que su pareja estuviese entre aquellas personas mutiladas, quemadas y prácticamente irreconocibles. Pero... ¿Y si?...
—¡Nora! ¡¿Estás loca?! ¡¿Que haces aquí?! —Helena la reconoció a unos metros de distancia, mientras portaba una vaya hacia el otro punto del cordón. Su voz era reconocible a pesar de vestir una máscara de protección, pero Nora no se detuvo, continuó con su carrera hasta llegar a los pies de la empresa, cuyos escalones estaban derrumbados y hecho cenizas. Incluso los edificios contiguos estaban destrozados y amenazando con desprenderse —¡¡¡Nora!!! —. Un impulso instintivo, estúpido y temerario, la llevaron a intentar acercarse más de la cuenta a la zona del desastre. Su piel ardía a través de la ropa, pues las llamas no se habían disipado. Olía a quemado, a sangre y a catástrofe, y aún así encontró fuerzas para avanzar... hasta que fue detenida. Alguien la rodeó por la espalda y la alejó a la fuerza de allí. La joven gritaba de puro horror, intentaba zafarse del agarre que aquellos brazos ejercían sobre ella mientras lloraba a pleno pulmón, pero no pudo hacer nada. El bombero que la había capturado la dejó junto a Helena, pues era quien había alertado de que la mujer se estaba poniendo en peligro.
—¡Helena! ¡Llévatela ya! —ordenó Ethan, también bajo una mascarilla. Lo había visto todo de lejos.
—Vayámonos de aquí ya. No puedes respirar este aire. No os va a sentar bien—susurró la rubia, intentando gestionar las emociones de su amiga sin saber cómo, a la par que la acompañaba casi arrastras.
—No... Jack... No puede ser...—se lamentaba mientras caminaba casi sin sentir. Por suerte, Helena reconoció a Arthur no demasiado lejos. Observaba como ambas mujeres se acercaban desde un punto alejado, al otro lado del cordón.
—¡Arthur! ¡¿Por qué coño la has traído?! —gritó cuando estuvo cerca.
—¡Ella me llamó! ¡Yo que cojones sabía qué estaba pasando! ¡Estaba desesperada y me pidió ayuda!
—¡Pues llévatela ya de aquí! ¡Nos han dicho que el aire puede estar cargado de algo! ¡Idos ya! —insistió, entregando a la chica. Arthur la tomó del brazo y la atrajo hasta él, como si se tratara de una muñeca llena de terror y llanto.
—¿Y mi hermano? ¿Donde está mi hermano? —preguntó antes de terminar. Nora alzó la mirada, esperando respuesta por parte de Helena. La chica tragó saliva, sabiendo que no le quedaba otra que responder. Negó con la cabeza.
—Vamos a seguir buscando —se limitó a responder. —Llévatela y que la vea un médico. ¡Que os vea a los dos! —finalizó, corriendo de nuevo en dirección a su trabajo.
Nora abrazó a Arthur con desesperación. Sintió que las piernas iban a fallarle en cualquier momento, pero, por suerte, el hombre la sujetó de forma concienzuda. —Jack... tienen que encontrar a Jack —lloró.
—Vayámonos a casa, Nora. No podemos hacer nada más.
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