La oscuridad que veían los ojos de la chica era muy similar a lo que pensaba que tenía dentro, en su interior. Una masa negruzca, invasiva, que se extendía por todas partes, nublandole la razón, el sentido y cualquier pensamiento que pudiese llegar a tener. El dolor que sentía era tal que ni la medicina conseguía ayudarla a cerrar los ojos más de unos minutos. No quería dormir, temía soñar con Jack. Le atemorizaba la idea de contemplar en sus pesadillas como había sido su muerte, o peor aún, sentirle tan cerca que al despertar el dolor de la pérdida acabase por volverla loca.
De forma instintiva se llevó una mano al vientre. A lo largo del día había sentido punzadas que había optado por no comunicar. Ni si quiera quería pensar a qué se debían. De alguna forma, el ínfimo instinto de supervivencia que su mente se afanaba en conquistar, le decía que era mejor así. No pensar... no sentir... Y dejarlo todo estar.
Se atrevió a salir de la habitación cuando el reloj marcó la hora habitual de la cena. No tenía hambre, ni mucho menos, pero el cuerpo le pedía no estar quieta tanto tiempo. Le pedía no pensar, hacer algo, aunque fuese ir al baño. Pero para ir al baño, necesitaba cruzar el salón, por ello pudo observar a Arthur, mal vestido y recostado en el sofá. Tenía mal aspecto, pero no estaba dormido. Contemplaba la televisión algo sobrecogido, pero Nora no quiso preguntar. Al contrario, fue el hombre quien se incorporó rápidamente al verla y le dirigió la palabra. —Eh, Nora. Te he hecho un sándwich. Lo tienes en la encimera. —le informó.
—No tengo hambre —se limitó a decir la chica. Ya no lloraba ni emitía emoción alguna. Se limitaba a actuar.
—Tienes que comer algo, y no lo digo solo por ti. El doctor dijo que tienes que cuidarte —insistió. —¿Te apetece otra cosa? No tenías mucho en la nevera, pero puedo acercarme a algún supermercado que siga abierto y comprar lo que quieras.
—No quiero nada, Arthur —volvió a decir la chica. Ni si quiera le miró mientras abría la puerta y se encerraba en el baño. En el fondo, la chica se odiaba por sonar tan desagradecida y fría, pero si todos pudiesen llegar a comprender el dolor que estaba sintiendo, la necesidad de que todo terminase porque ya nada tenía sentido... Acabó por sentarse sobre la taza del váter, llorando un rato más.
Quizá fueron treinta o cuarenta minutos los que permaneció encerrada hasta que consiguió recomponerse de nuevo. Al salir del baño, encontró a Arthur mirando aún la televisión. Aquella vez tardó un poco más en reaccionar. Nora apenas prestaba atención a lo que las noticias contaban. Ni si quiera se extrañó de que estuviesen emitiendo un especial nocturno aquel día. —¿Quieres otra pastilla? —preguntó aquella vez. —Ya se han cumplido varias horas desde la última hora, te vendrá bien descansar.
—Estoy bien —suspiró ella. —Arthur, no hacía falta que te quedases aquí. Yo no... —El sonido de unas sirenas ensordecedoras impidió que ambos hablasen durante el tiempo que tardaron en pasar por la calle más cercana. La mujer sintió un escalofrío horrible, pues aquel sonido le evocaba los recuerdos aún demasiado recientes. Para su disgusto, otro par de coches de policía siguieron al primero, de forma que decidió no seguir hablando.
—Se ve que hay problemas —comentó el hombre. —Hay algo de colapso en los hospitales por un brote de algo, una enfermedad rara, dicen. Me imagino que Carol nos pondrá al día mañana —. Carol apenas hacía unos meses que había conseguido su plaza como enfermera en el hospital. Lo celebraron por todo lo alto para al final terminar confesando que aquel trabajo no le gustaba nada. Por ser nueva, se veía obligada a trabajar las peores horas con los peores casos, que mayoritariamente eran urgencias. Irremediablemente, deseó que al menos Jack hubiese pasado por un hospital antes de... —Pero no te preocupes, es mejor que no pienses en nada de eso —explicó. La mujer echó vista a la pantalla de la televisión. En directo, se emitían imágenes de las entradas de varios hospitales mientras que las ambulancias no paraban de llevar a enfermos. Además, a veces esas imágenes eran sustituidas por otras de algunos asaltos policiales, que de seguro tendrían algo que ver con las sirenas que habían oído antes. Nora no pudo apartar la vista, sin embargo, al contemplar cómo los policías que estaban siendo grabados abrían fuego contra algunas personas que se le echaban encima con movimientos extraños.
—Pero ¿Qué...?
—Ve a la cama. No deberías prestar atención a eso —se interpuso Arthur, quien a pesar de todo, no fue capaz de apagar el televisor. Se acercó a la chica, a quien acompañó hasta la habitación con enorme imposición. —Si necesitas algo avísame ¿De acuerdo? —terminó por decir, vigilando cómo la mujer se metía de nuevo en la cama para cerrar la puerta con tranquilidad.
Y ahí estaba de nuevo ella, en plena oscuridad, abrazándose a las sábanas que aún olían al hombre que amaba y ya no estaba. Las agarró con fuerza, temiendo que aquel aroma se perdiese para siempre, que lo olvidase, que su hijo jamás llegase a sentirlo... Y entre lágrimas, acabó por sucumbir al sueño nuevamente. Pero el sueño no duro mucho.
—¡Nora! ¡Despierta! — Arthur sacudió a Nora tomándola por los hombros durante algunos segundos. La medicación había conseguido que la chica se adentrase en un sueño tan profundo, que le costó horrores hacer que despertara. Lo hizo de un sobresalto que hizo que el corazón se le encogiese. Miró a todas partes, incluso al reloj de la mesita de noche. Eran las cinco de la mañana, de forma que fuera cual fuese la noticia que Arthur tenía que darle con tanta prisa, debía ser sobre Jack.
—¿Qué le pasa? ¿Dónde está? —preguntó con una voz que se mezclaba con el sollozo y el horrible sopor que sentía. Los ojos le pesaban demasiado como para despertarse del todo, a pesar de que lo deseaba con todas sus fuerzas.
—No, Nora. Tenemos que irnos ya. Coge tus cosas ¡Corre! —Aquellas palabras tan extrañas hicieron que la chica parpadease sin entender. Arthur no esperó a que lo hiciese de todas formas. Gracias a que sabia donde guardaban las cosas, no le costó demasiado encontrar la mochila que Jack siempre usaba cuando todos iban de acampada, la cual empezó a llenar de ropa. Sorprendida, la chica pudo comprobar como tomaba sus prendas, incluso las más íntimas, y las guardaba casi sin mirarlas. Estaba frenético, y aquello asustó a la mujer del todo.
—¿Qué pasa? —consiguió preguntar, saliendo de la cama con esfuerzo.
—Te vienes a casa. Está pasando algo en la ciudad —comenzó a decir con falta de aliento. —El gobierno ha decretado el Estado de Excepción, así que es mejor que te vengas con nosotros por lo que pudiese ocurrir. No te preocupes, no te faltará de nada.
—¿Qué?... ¿Qué estás diciendo, Arthur? —Nora asomó la cabeza por la puerta. La televisión seguía encendida ¿Había estado viéndola toda la noche?
—¡No lo sé! No entiendo nada, pero la gente esta loca. ¡Hay muertos en las calles! ¡Hay más enfermos de los que se pensaban y están como desinhibidos! —explicó alterado. —Acaban de grabar como dos enfermos se han cargado a un policía a mordiscos. Es... es una locura. ¡Corre, Nora! ¡Venga! —gritó. El nudo de nervios que sintió la mujer en el estómago amenazó con hacerla vomitar. Tenía arcadas, una nauseas horribles que tuvo que reprimir mientras se ponía los zapatos y buscaba su abrigo dentro del armario.
—¿Y Helena? ¿Y Ethan? —preguntó, sin saber si ambos estaban de servicio aquella noche o no.
—No lo sé, les estoy llamando pero no contestan. Les llamaremos desde casa ¿De acuerdo? No perdamos tiempo —insistió, terminando de recoger las cosas que más útiles le parecieron y cerrando la mochila. Se la echó a la espalda mientras observaba impaciente como Nora terminaba de preparase. Le estaba costando, lo que alteraba aún más la situación.
Cuando todo estuvo preparado, ambos se dirigieron a la puerta. Desde el interior aún, pudieron oir como los vecinos del piso corrían escaleras abajo. Incluso desde la calle se oían gritos y disparos lejanos que hicieron que ambos se echasen a temblar. —Vamos, vamos, vamos.
—¡Espera! —gritó la chica cuando la puerta ya estaba abierta. Corrió hacia la mesa del recibidor, donde estaba la fotografía instantánea que se habían hecho todos hacia dos días. No la había mirado desde entonces y no quiso hacerlo en aquel momento, sólo quiso tenerla consigo. La guardó en el bolsillo del pantalón, y esta vez si, pudieron salir.
La calle estaba repleta de gente. Numerosas personas, venidas de todas partes, corrían de un lado para otro entre gritos y lamentos. Las sirenas no dejaban de sonar, como tampoco los disparos aún lejanos. El coche de Arthur estaba aparcado en la esquina, de forma que sólo tuvo que agarrar a Nora de la muñeca y tirar de ella para correr hacia el mismo. Sin embargo, desde la lejanía pudieron comprobar como un grupo de cuatro encapuchados asaltaban el vehículo y partían sus ventanillas justo antes de conseguir entrar. —¡Eh! ¡¡¡Eh!!! —gritó Arthur, intentando alcanzarles justo antes de que pusiesen en marcha el motor. Por increible que pareciese, no llegaron muy lejos. Un enorme grupo de personas se les echó encima pidiendo ayuda, ser trasladados o algo parecido. —Mierda, mierda, mierda... — El hombre estaba perplejo, y Nora, muda. —Vamos corriendo, va a ser mejor. ¡Venga! —ordenó, tomando él solo la decisión.
—Pero si vives lejos de aquí.
—No importa, esto es una maldita locura ¡Vamos, vamos!
La carrera fue horrible. Nadie corría hacia la misma dirección, pero todos parecieron optar por movilizarse en las calles centrales. Arthur acabó arrastrando a la chica por los callejones, algo más estrechos y oscuros, pero menos transitados. Por su paso, observaron demasiadas cosas. No sólo la gente huía de a saber qué, sino que los maleantes aprovecharon la situación para atracar comercios y sembrar el caos. Poco tardaron en observar los primeros helicópteros sobrevolando por encima de sus cabezas, iluminando con enormes focos las concentraciones más elevadas de personas. Y allí donde se escucharon gritos... abrieron fuego.
Nora chilló de puro terror y Arthur apenas pudo consolarla por ello. Se limitó a dirigirla por donde mejor consideró. La ayudó a saltar algunas vallas, así como a sortear algunos elementos urbanísticos que se fueron encontrando. Pero, por desgracia, poco a poco la suerte pareció marcharse. Los callejones dejaron de ser seguros. Apenas encontraron lugares donde no hubiese demasiada gente, y sin quererlo, acabaron de nuevo en una de las calles principales.
Había demasiada gente, demasiados gritos y llamadas de auxilio por todas partes. La pareja apenas pudo seguir corriendo, pues la enorme cantidad de personas consiguió crear un tapón en mitad de la carretera imposible de eludir. Allá donde Nora mirase sólo veía caras de espanto, de terror... no había nada más. —Vamos a salir de aquí ya — Arthur tiró de ella y comenzó a empujar a la gente para poder pasar. Necesitaban cruzar la calle para seguir el camino hasta su casa, pero sobrepasar a tantas personas a la mujer le pareció imposible. El hombre no se anduvo con miramientos y no iba a permitir que nadie les impidiese salir de allí.
Pero entonces, desde los helicópteros volvieron a abrir fuego. Fue muy cerca de Arthur y Nora, de manera que la gente cercana comenzó a correr. Fue como una enorme ola que los empujó hacia todas partes. Él quiso sujetarla, agarró su mano con fuerza pero el gentío se interpuso entre gritos y desolación. —¡¡¡Arthur!!!—gritó la chica, viéndose arrastrada lejos de él. Pudo contemplarle una última vez, entre las infinitas cabezas, buscándola con la mirada.
—¡¡¡Nora!!! ¡¡¡Nora!!! —le oyó llamarla incluso cuando ya no le veía.
Alguien la golpeó. Otra persona la derribó contra el suelo. Sintió un enorme dolor punzante en la cabeza y cómo docenas y docenas de pies la pisoteaban sin cesar. Apenas pudo mantener los ojos abiertos unos segundos antes de sumirse en su temida oscuridad.
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