jueves, 14 de mayo de 2020

La oscuridad que veían los ojos de la chica era muy similar a lo que pensaba que tenía dentro, en su interior. Una masa negruzca, invasiva, que se extendía por todas partes, nublandole la razón, el sentido y cualquier pensamiento que pudiese llegar a tener. El dolor que sentía era tal que ni la medicina conseguía ayudarla a cerrar los ojos más de unos minutos. No quería dormir, temía soñar con Jack. Le atemorizaba la idea de contemplar en sus pesadillas como había sido su muerte, o peor aún, sentirle tan cerca que al despertar el dolor de la pérdida acabase por volverla loca. 
De forma instintiva se llevó una mano al vientre. A lo largo del día había sentido punzadas que había optado por no comunicar. Ni si quiera quería pensar a qué se debían. De alguna forma, el ínfimo instinto de supervivencia que su mente se afanaba en conquistar, le decía que era mejor así. No pensar... no sentir... Y dejarlo todo estar. 

Se atrevió a salir de la habitación cuando el reloj marcó la hora habitual de la cena. No tenía hambre, ni mucho menos, pero el cuerpo le pedía no estar quieta tanto tiempo. Le pedía no pensar, hacer algo, aunque fuese ir al baño. Pero para ir al baño, necesitaba cruzar el salón, por ello pudo observar a Arthur, mal vestido y recostado en el sofá. Tenía mal aspecto, pero no estaba dormido. Contemplaba la televisión algo sobrecogido, pero Nora no quiso preguntar. Al contrario, fue el hombre quien se incorporó rápidamente al verla y le dirigió la palabra. —Eh, Nora. Te he hecho un sándwich. Lo tienes en la encimera. —le informó.
—No tengo hambre —se limitó a decir la chica. Ya no lloraba ni emitía emoción alguna. Se limitaba a actuar. 
—Tienes que comer algo, y no lo digo solo por ti. El doctor dijo que tienes que cuidarte —insistió. —¿Te apetece otra cosa? No tenías mucho en la nevera, pero puedo acercarme a algún supermercado que siga abierto y comprar lo que quieras. 
—No quiero nada, Arthur —volvió a decir la chica. Ni si quiera le miró mientras abría la puerta y se encerraba en el baño. En el fondo, la chica se odiaba por sonar tan desagradecida y fría, pero si todos pudiesen llegar a comprender el dolor que estaba sintiendo, la necesidad de que todo terminase porque ya nada tenía sentido... Acabó por sentarse sobre la taza del váter, llorando un rato más. 

Quizá fueron treinta o cuarenta minutos los que permaneció encerrada hasta que consiguió recomponerse de nuevo. Al salir del baño, encontró a Arthur mirando aún la televisión. Aquella vez tardó un poco más en reaccionar. Nora apenas prestaba atención a lo que las noticias contaban. Ni si quiera se extrañó de que estuviesen emitiendo un especial nocturno aquel día. —¿Quieres otra pastilla? —preguntó aquella vez. —Ya se han cumplido varias horas desde la última hora, te vendrá bien descansar.
—Estoy bien —suspiró ella. —Arthur, no hacía falta que te quedases aquí. Yo no... —El sonido de unas sirenas ensordecedoras impidió que ambos hablasen durante el tiempo que tardaron en pasar por la calle más cercana. La mujer sintió un escalofrío horrible, pues aquel sonido le evocaba los recuerdos aún demasiado recientes. Para su disgusto, otro par de coches de policía siguieron al primero, de forma que decidió no seguir hablando.
—Se ve que hay problemas —comentó el hombre. —Hay algo de colapso en los hospitales por un brote de algo, una enfermedad rara, dicen. Me imagino que Carol nos pondrá al día mañana —. Carol apenas hacía unos meses que había conseguido su plaza como enfermera en el hospital. Lo celebraron por todo lo alto para al final terminar confesando que aquel trabajo no le gustaba nada. Por ser nueva, se veía obligada a trabajar las peores horas con los peores casos, que mayoritariamente eran urgencias. Irremediablemente, deseó que al menos Jack hubiese pasado por un hospital antes de... —Pero no te preocupes, es mejor que no pienses en nada de eso —explicó. La mujer echó vista a la pantalla de la televisión. En directo, se emitían imágenes de las entradas de varios hospitales mientras que las ambulancias no paraban de llevar a enfermos. Además, a veces esas imágenes eran sustituidas por  otras de algunos asaltos policiales, que de seguro tendrían algo que ver con las sirenas que habían oído antes. Nora no pudo apartar la vista, sin embargo, al contemplar cómo los policías que estaban siendo grabados abrían fuego contra algunas personas que se le echaban encima con movimientos extraños.
—Pero ¿Qué...?
—Ve a la cama. No deberías prestar atención a eso —se interpuso Arthur, quien a pesar de todo, no fue capaz de apagar el televisor. Se acercó a la chica, a quien acompañó hasta la habitación con enorme imposición. —Si necesitas algo avísame ¿De acuerdo? —terminó por decir, vigilando cómo la mujer se metía de nuevo en la cama para cerrar la puerta con tranquilidad.
Y ahí estaba de nuevo ella, en plena oscuridad, abrazándose a las sábanas que aún olían al hombre que amaba y ya no estaba. Las agarró con fuerza, temiendo que aquel aroma se perdiese para siempre, que lo olvidase, que su hijo jamás llegase a sentirlo... Y entre lágrimas, acabó por sucumbir al sueño nuevamente. Pero el sueño no duro mucho.

—¡Nora! ¡Despierta! — Arthur sacudió a Nora tomándola por los hombros durante algunos segundos. La medicación había conseguido que la chica se adentrase en un sueño tan profundo, que le costó horrores hacer que despertara. Lo hizo de un sobresalto que hizo que el corazón se le encogiese. Miró a todas partes, incluso al reloj de la mesita de noche. Eran las cinco de la mañana, de forma que fuera cual fuese la noticia que Arthur tenía que darle con tanta prisa, debía ser sobre Jack. 
—¿Qué le pasa? ¿Dónde está? —preguntó con una voz que se mezclaba con el sollozo y el horrible sopor que sentía. Los ojos le pesaban demasiado como para despertarse del todo, a pesar de que lo deseaba con todas sus fuerzas.
—No, Nora. Tenemos que irnos ya. Coge tus cosas ¡Corre! —Aquellas palabras tan extrañas hicieron que la chica parpadease sin entender. Arthur no esperó a que lo hiciese de todas formas. Gracias a que sabia donde guardaban las cosas, no le costó demasiado encontrar la mochila que Jack siempre usaba cuando todos iban de acampada, la cual empezó a llenar de ropa. Sorprendida, la chica pudo comprobar como tomaba sus prendas, incluso las más íntimas, y las guardaba casi sin mirarlas. Estaba frenético, y aquello asustó a la mujer del todo.
—¿Qué pasa? —consiguió preguntar, saliendo de la cama con esfuerzo.
—Te vienes a casa. Está pasando algo en la ciudad —comenzó a decir con falta de aliento. —El gobierno ha decretado el Estado de Excepción, así que es mejor que te vengas con nosotros por lo que pudiese ocurrir. No te preocupes, no te faltará de nada.
—¿Qué?... ¿Qué estás diciendo, Arthur? —Nora asomó la cabeza por la puerta. La televisión seguía encendida ¿Había estado viéndola toda la noche? 
—¡No lo sé! No entiendo nada, pero la gente esta loca. ¡Hay muertos en las calles! ¡Hay más enfermos de los que se pensaban y están como desinhibidos! —explicó alterado. —Acaban de grabar como dos enfermos se han cargado a un policía a mordiscos. Es... es una locura. ¡Corre, Nora! ¡Venga! —gritó. El nudo de nervios que sintió la mujer en el estómago amenazó con hacerla vomitar. Tenía arcadas, una nauseas horribles que tuvo que reprimir mientras se ponía los zapatos y buscaba su abrigo dentro del armario. 
—¿Y Helena? ¿Y Ethan? —preguntó, sin saber si ambos estaban de servicio aquella noche o no.
—No lo sé, les estoy llamando pero no contestan. Les llamaremos desde casa ¿De acuerdo? No perdamos tiempo —insistió, terminando de recoger las cosas que más útiles le parecieron y cerrando la mochila. Se la echó a la espalda mientras observaba impaciente como Nora terminaba de preparase. Le estaba costando, lo que alteraba aún más la situación. 
Cuando todo estuvo preparado, ambos se dirigieron a la puerta. Desde el interior aún, pudieron oir como los vecinos del piso corrían escaleras abajo. Incluso desde la calle se oían gritos y disparos lejanos que hicieron que ambos se echasen a temblar. —Vamos, vamos, vamos.
—¡Espera! —gritó la chica cuando la puerta ya estaba abierta. Corrió hacia la mesa del recibidor, donde estaba la fotografía instantánea que se habían hecho todos hacia dos días. No la había mirado desde entonces y no quiso hacerlo en aquel momento, sólo quiso tenerla consigo. La guardó en el bolsillo del pantalón, y esta vez si, pudieron salir.

La calle estaba repleta de gente. Numerosas personas, venidas de todas partes, corrían de un lado para otro entre gritos y lamentos. Las sirenas no dejaban de sonar, como tampoco los disparos aún lejanos. El coche de Arthur estaba aparcado en la esquina, de forma que sólo tuvo que agarrar a Nora de la muñeca y tirar de ella para correr hacia el mismo. Sin embargo, desde la lejanía pudieron comprobar como un grupo de cuatro encapuchados asaltaban el vehículo y partían sus ventanillas justo antes de conseguir entrar. —¡Eh! ¡¡¡Eh!!! —gritó Arthur, intentando alcanzarles justo antes de que pusiesen en marcha el motor. Por increible que pareciese, no llegaron muy lejos. Un enorme grupo de personas se les echó encima pidiendo ayuda, ser trasladados o algo parecido. —Mierda, mierda, mierda... — El hombre estaba perplejo, y Nora, muda. —Vamos corriendo, va a ser mejor. ¡Venga! —ordenó, tomando él solo la decisión.
—Pero si vives lejos de aquí.
—No importa, esto es una maldita locura ¡Vamos, vamos!

La carrera fue horrible. Nadie corría hacia la misma dirección, pero todos parecieron optar por movilizarse en las calles centrales. Arthur acabó arrastrando a la chica por los callejones, algo más estrechos y oscuros, pero menos transitados. Por su paso, observaron demasiadas cosas. No sólo la gente huía de a saber qué, sino que los maleantes aprovecharon la situación para atracar comercios y sembrar el caos. Poco tardaron en observar los primeros helicópteros sobrevolando por encima de sus cabezas, iluminando con enormes focos las concentraciones más elevadas de personas. Y allí donde se escucharon gritos... abrieron fuego.
Nora chilló de puro terror y Arthur apenas pudo consolarla por ello. Se limitó a dirigirla por donde mejor consideró. La ayudó a saltar algunas vallas, así como a sortear algunos elementos urbanísticos que se fueron encontrando. Pero, por desgracia, poco a poco la suerte pareció marcharse. Los callejones dejaron de ser seguros. Apenas encontraron lugares donde no hubiese demasiada gente, y sin quererlo, acabaron de nuevo en una de las calles principales. 
Había demasiada gente, demasiados gritos y llamadas de auxilio por todas partes. La pareja apenas pudo seguir corriendo, pues la enorme cantidad de personas consiguió crear un tapón en mitad de la carretera imposible de eludir. Allá donde Nora mirase sólo veía caras de espanto, de terror... no había nada más. —Vamos a salir de aquí ya — Arthur tiró de ella y comenzó a empujar a la gente para poder pasar. Necesitaban cruzar la calle para seguir el camino hasta su casa, pero sobrepasar a tantas personas a la mujer le pareció imposible. El hombre no se anduvo con miramientos y no iba a permitir que nadie les impidiese salir de allí. 
Pero entonces, desde los helicópteros volvieron a abrir fuego. Fue muy cerca de Arthur y Nora, de manera que la gente cercana comenzó a correr. Fue como una enorme ola que los empujó hacia todas partes. Él quiso sujetarla, agarró su mano con fuerza pero el gentío se interpuso entre gritos y desolación. —¡¡¡Arthur!!!—gritó la chica, viéndose arrastrada lejos de él. Pudo contemplarle una última vez, entre las infinitas cabezas, buscándola con la mirada.
—¡¡¡Nora!!! ¡¡¡Nora!!! —le oyó llamarla incluso cuando ya no le veía. 

Alguien la golpeó. Otra persona la derribó contra el suelo. Sintió un enorme dolor punzante en la cabeza y cómo docenas y docenas de pies la pisoteaban sin cesar. Apenas pudo mantener los ojos abiertos unos segundos antes de sumirse en su temida oscuridad.
Al llegar al domicilio de la chica donde vivía con su hermano, Arthur no pudo hacer más que simplemente acompañarla hasta la cama. Nora tenía las piernas fláccidas y apenas caminaba como era debido, amenazando con caerse de bruces al suelo si la soltaba. La chica solo podía sollozar y lagrimear como si el mundo hubiese tocado a su fin y Arthur podía comprenderla -Venga, túmbate- la ayudó a sentarse y Nora hizo el resto, dejándose caer con una apatía absoluta, abrazándose a la almohada -Descansa un rato. Voy a hacer un par de llamadas- dijo Arthur antes de dejarla a solas en la habitación, desde donde la seguía oyendo llorar aún cuando hablaba por teléfono con su trabajo para comentar la situación y explicar la razón del por qué no podría acudir de vuelta ese día y posiblemente el siguiente. Después llamó al seguro médico para preguntar por si había alguna clase de medicación que Nora pudiese tomar para templar los nervios. Una vez dada la indicación, Arthur fue a la farmacia más cercana para traerle a Nora unos tranquilizantes sencillos que no afectaran a su estado de embarazo de forma nociva. Arthur sabía que no funcionaría, pero peor era no probar a hacer nada. Tras darle a Nora una de las pastillas, no pudo hacer más que sentarse junto a la chica y esperar.

Las horas se sucedieron lentas y tortuosas. Nora no salió de la cama para absolutamente nada y Arthur no sabía qué más podía hacer. La noche terminó por llegar y en las noticias solo hablaban del accidente, sin informar de momento de la identidad de los cuerpos recuperados hasta la fecha. Fue entonces a esas altas horas cuando sonó el timbre de la puerta y Helena hizo acto de presencia cuando Arthur abrió -Ya estoy libre- comentó la muchacha rubia mientras pasaba sin esperar invitación -¿Dónde está?-
-En la habitación-
-Vale. Puedes irte si quieres- Helena caminó apresurada, dejando el bolso mal tirado sobre el sofá, para correr a la habitación de Nora. Arthur la siguió para encontrarla ya abrazada a la chica, que volvía a llorar con fuerza acompañada de su mejor amiga.
-Me sabe mal dejarla aquí sola-
-No está sola. Estaré con ella toda la noche-
-¿Segura?- Helena asintió.
-Sarah te estará esperando y Mark también. Tienes una familia que cuidar, Arthur-
-Lo sé...- apretó disimuladamente los puños.
-Hey...- Helena dio un suave beso en la frente a Nora y la dejó de nuevo yacer en la cama mientras se levantaba para buscar a Arthur. Lo sacó al pasillo para hablar -¿Necesitas tú algo?-
-¿Yo?-
-Es tu hermano, Arthur ¿Eres consciente de que parece que ni siquiera te importa?- aquellas palabras cayeron sobre Arthur como una losa.
-¿Cómo...?-
-No te estoy juzgando. Es solo que desde el primer momento has parecido tranquilo y has estado aquí, junto a Nora, cosa que te agradezco y tal pero... ¿Estás en shock? ¿Necesitas un psicólogo?-
-No, en absoluto- comentó con dureza -Supongo que es... difícil de asimilar-
-Ya... Supongo que sí- ambos se quedaron en silencio un instante.
-¿Habéis...?- Helena negó con la cabeza, frunciendo los labios y apretando la mandíbula conteniendo lágrimas de pura frustración y pesar. Jack no solo era el novio de su mejor amiga y el padre del hijo que esperaba Nora, sino que era un amigo en sí. Tardón, pero un buen amigo. Una proto familia de buenos amigos que sabían alegrarle el día y que ahora pasaba por un momento infernal.
-No hay absolutamente nada- habló despacio, templando los nervios, calmando las ganas de llorar -Hemos traido grúas y excavadoras y maldito sea Dios, no hay ni el menor rastro de Jack. Los bomberos y el cuerpo de policía dan por sentado que no hay más cuerpos y solo restan escombros y restos desperdigados-
-Pero no puede ser. Si Jack no hubiese estado, cogería el teléfono- masculló incrédulo Arthur.
-Mira... Ahora mismo solo te puedo decir que ojalá, ojalá, Jack hubiese tenido un apretón de camino a la empresa, un antojo de chocolatina o incluso una puta amante a la que hubiese ido a visitar con tal de no decir esto, pero...- bufó -Tememos que la explosión lo ha calcinado y reducido a jodidas cenizas que ahora arrastra el viento por el suelo- Arthur soltó un profundo suspiro al oir eso -Lo poco que hemos podido encontrar y que nos da esos indicios son restos de bata y demás. No sabemos si son de Jack pero... hay muchas cosas y gente desaparecida. Tampoco hay rastro de Vincent Winters, el director de Vicorp. Si estaban cerca del núcleo de la explosión es evidente que...-
-Vale, lo entiendo...- interrumpió Arthur -Voy... Voy a casa- Helena asintió, abrazándose a sí misma, sin poder contener ya un par de lágrimas. Ver al estoico Arthur tan pálido y derrotado, mareado y desorientado, empeoraba la impresión tan dura de aquella catástrofe.
-Procura dormir un poco Arthur- dicho aquello, sin obtener respuesta, el hombre se marchó.

Con la llegada del nuevo día, Nora se mantenía en el mismo estado de apatía, en la cama, sin salir para absolutamente nada de la habitación. Helena durmió con ella, pero al salir el sol se vio obligada de salir de la habitación para hacer unas llamadas nuevamente. Para su desgracia, desde el cuerpo le informaron de que se declararon oficialmente muertos a todos los cuerpos recogidos y a los desaparecidos dada la completa imposibilidad de encontrar rastro alguno más que despojos de ropa, sangre y algún pedazo mutilado. Helena volvió a llorar por su amiga pero debía informarle de todo, era su deber como amiga y policía. Además, le habían dicho que se celebraría un funeral en conjunto en honor a los desaparecidos. Al decírselo a Nora, ésta no respondió y quedó más que patente que no iba a acudir a entierro alguno. Helena no se sentía extrañada. De hecho, casi era lo mejor. Consideraba que acudir a funerales y entierros como concepto de despedida era una memez. Solo se enterraba una caja con un cuerpo inerte que ni siente ni padece, que no oye las despedidas. No era más que apariencias por viejas costumbres mayormente religiosas a la hora de dar sepultura. Ella acudiría de todas formas, aunque fuera por estar presente en honor a Nora. Era lo menos que podía hacer.

La idea de dejar sola a su amiga no era precisamente apetecible, pero aprovecharía al comprobar que Nora había terminado rindiéndose al cansancio de su cuerpo y de su mente, quedándose profundamente dormida a lo largo del día, cerca de la hora del funeral. Helena fue a su propia casa tras dejarle a Nora en la mesita una nota escrita con lo que iba a hacer y que después volvería para hacerle compañía el resto del día y la noche. Por lo demás, lo único que pudo hacer fue vestir de luto como seguía la estúpida costumbre para luego reunirse en el cementerio junto al resto. Allí estaban todos, desde Jason hasta Arthur. No faltaba nadie excepto Nora -Helena- saludó Sarah, acercándose a la chica -¿Cómo está Nora? ¿Dónde está?-
-Lo último que sé de ella es que se quedó frita, derrotada por completo- suspiró -Me parece correcto que no haga acto de presencia por aquí hoy. Cuando esté más preparada mentalmente que se pase si quiere a saludar o despedirse... o lo que considere-
-¿Estará bien sola?- se cuestionó la mujer.
-Es cosa de un momento y volveré con ella- suspiró Helena -Venga... no retrasemos más la ceremonia- ambas mujeres caminaron juntas hacia donde se encontraba un sacerdote que daba su larga y tediosa charla espiritual en torno a varios féretros en honor a los fallecidos en la explosión, tanto los presentes como los que no, cuyos ataudes estaban vacíos pero se encontraban ahí de forma simbólica. Había varias familias agrupadas y segregadas según el núcleo al que pertenecían, cada grupo por uno de los fallecidos. Allí, en el de Jack, solo estaban sus amigos y un hombre mayor que Helena desconocía. Arthur y Sarah sí sabían muy bien de quién se trataba, pues era Thomas Vane, el padre de Jack y Arthur. El hombre y sus hijos llevaban varios años peleados y no se dirigían la palabra, pero al menos tuvo el valor de reunir el poco honor que le quedaba para acudir al funeral de su hijo. No obstante, se podía apreciar una cierta distancia entre padre e hijo cuando los amigos lloraban su pérdida pero el padre se mantenía duro y severo, mirando el ataud con poco más que un ligero aire de remordimiento por haber tenido que acabar todo de aquella funesta manera.

En cuanto acabó el entierro y los ataudes se vieron cubiertos de tierra, Thomas desapareció sin decir más palabra. Arthur lo estuvo siguiendo con la mirada, con la mandíbula apretada y dolor en los nudillos de contener la rabia. Fueron los únicos instantes en los que se encontraron lágrimas en su rostro -Tranquilo, cariño- pidió Sarah -Por favor, déjalo ir...-
-Ese desgraciado hijo de puta...-
-Siempre hay historias difíciles por todas partes ¿eh?- comentó Ethan, rascándose la nuca
-Ni te lo imaginas-
-Bueno, me tengo que marchar- comentó Helena -No sé si Nora habrá despertado, así que...-
-Quería hablaros sobre eso. Hoy me ocupo yo de Nora- suspiró Arthur.
-¿Por qué?- quiso saber Helena.
-Ya está hablado- comentó Sarah -Tenéis que trabajar. Jack no era familiar directo vuestro por lo que no se os concederán permisos como a Arthur. Él podrá cuidar de Nora hoy y mañana nos iremos turnando-
-¿Estás segura de que estarás bien sola?- preguntó Arthur rodeando con el brazo a su mujer.
-Tonto. Eres tú el que no sabe hacer nada sin mi- le sonrió calidamente la mujer pese a su mirada triste.
-Espero que te equivoques por el bien de Nora- suspiró Helena.
-De todas formas tienen razón- apuntó Ethan -No gozaremos de permiso de duelo. Tenemos que ir a trabajar y seguir investigando todo este asunto y...- bufó pesarosamente -Joder, Jack...- negó con la cabeza -Esto es lo más injusto que he visto en toda mi vida como policía...-
-Espero que sea lo peor y no vaya a más- todos entendieron a qué se refería. Si Nora no se cuidaba, podía perder también al bebé y la cota de catástrofe superaría todo límite soportable.
-Yo me encargo- asintió Arthur -Vámonos a casa. Me cambiaré y cogeré algo de ropa... e iré con ella-
-Mantennos informados de cualquier cosa ¿De acuerdo?- pidió Helena, que miró hacia atrás. Charlie, Carol y Jason seguían aún frente a la tumba. El pobre Jason estaba devastado, agarrado a la pareja -Al menos a mí. Creo que ellos necesitan desconectar un poco de la situación-
-Hecho- asintió Arthur antes de tomar camino a su casa junto a Sarah.

El hombre se cambió el atuendo para no ir de luto a casa de Nora. Le bastó un pantalón vaquero y una camisa azul para hacer el apaño mientras que a modo de equipaje llevaba una sudadera y un pantalón de chandal para ponerse cómodo para pasar la noche en el sofá. Se despidió de su mujer y su hijo con un cálido beso, esperando verles al día siguiente, y se puso en marcha. En la casa de Nora, por otra parte, solo le recibió la completa frialdad del silencio. Arthur dejó la bolsa con la ropa junto al sofá y se encaminó hacia la habitación, donde se encontró la cama vacía -¿Nora?- preguntó. Entonces, le llegó el lejano sonido del agua restallando contra la cerámica. La ducha. Nora debía de estar en el baño, de modo que se aproximó a la puerta -¿Nora, estás ahí?- no recibió respuesta, pero el agua seguía corriendo -¿Nora? ¿Me oyes?- nada, silencio, solo agua. La mano de Arthur se posó en el pomo de la puerta. Se le aceleró el pulso con pensar en que le pudiera haber pasado algo o peor, hubiese tomado una decisión suicida. Sin embargo, para su alivio, el agua cesó de caer y pocos segundos después la puerta se abrió. Nora, cubierta con el albornoz de Jack y el pelo chorreando y goteando contra el suelo apareció en el umbral. Sus ojos, siempre hermosos y radiantes, ahora eran pozos de oscuridad y dolor que miraron a Arthur con la pesadez de quien levanta sobre su espalda miles de toneladas. El simple hecho de mirarle y ver un ligero fantasma de Jack en sus facciones volvió a traerle lágrimas a los ojos -Eh, espera, espera...- Arthur entró en el baño un segundo para coger una toalla y envolverle los cabellos a Nora para luego frotar con suavidad y secárselo todo lo posible -Vas a coger una pulmonía, mujer...- Nora no le contestó, simplemente se dejó hacer. Arthur la acompañó de vuelta a la habitación para verla sentarse sobre el colchón, afligida y abrazándose, cubriéndose con el albornoz -Vístete, por favor- pidió -Me salgo un instante- Nora le miró en un hito antes de que Arthur cerrara la puerta al salir. Aguardó largo rato mientras oía, por fin, como Nora buscaba en el armario algo que ponerse. El hombre respiró con calma y cerró los ojos para despejar su mente. No, no era el momento ni el lugar ni la situación para que su cabeza volara a rincones oscuros y a deseos crueles. Pues lo sabía, sabía que en ese momento cualquier fantasía era cruel y monstruosa, por lo que no ahondó en ellas.
-Ya puedes pasar...- oyó levemente Arthur antes de volver a abrir la puerta y ver que Nora se había puesto unas mallas viejas a modo de pijama y una sudadera igual de ajada, ya destinada a servir unicamente para la casa.
-Me alegra oirte hablar un poco- Nora no contestó a eso -Supongo que... Bueno, sabes lo del funeral... ¿no?- Nora asintió. Lo leyó en la nota que le dejó Helena -Pasaré el resto de la tarde y la noche aquí, contigo. Mañana vendrá Sarah y así hasta que te encuentres mejor- dijo, poniéndole una mano sobre una de las de la chica. Nora apartó la mano. No quería tener contacto con nada ni con nadie -Lo siento- dijo Arthur, apartando su propia mano también -¿Tienes hambre? ¿Te apetece comer algo?- Nora negó con la cabeza.
-Quiero estar sola, Arthur. No... no te lo tomes a mal...- sollozó.
-Vale, lo comprendo- Arthur se alejó de ella nuevamente -Pero procura descansar un poco ¿De acuerdo?- Nora asintió lentamente -Estaré aquí fuera para cualquier cosa que necesites. No dudes en llamarme- Nora se recostó en la cama de nuevo en silencio mientras que Arthur regresaba al salón. Dado que la chica no parecía estar por la labor de salir, Arthur se cambió la ropa en mitad del salón, ya que nadie iba a verle en paños menores.

El día pasó de la misma forma que el anterior, lento, pesado y en silencio. Arthur de vez en cuando recibía llamadas de Sarah, Helena, Carol y Jason para preguntar por el estado de Nora y cómo iba la estancia en la casa. Por parte de Helena, también trataba de informar de cualquier dato que pudiera aportar sobre el destino final de Jack, pero es que verdaderamente no había novedad alguna. Ella y Ethan estaban totalmente dedicados a sacar cualquier dato de la investigación pero de pronto era como si el muchacho nunca hubiera existido, lo que lo hacía más doloroso y cruel, si cabe. Así, entre llamadas, alcanzó nuevamente la noche. Nora salió un par de veces para ir al baño y poco más, ya que seguía sin querer comer nada. Arthur sin embargo estaba convencido de que aunque fuera un triste sandwich le preparía para cenar, pues no podía ser que pasaran las horas sin alimentar el cuerpo. Pese a la falta de ganas, necesitaba nutrirse. Por ello, puso la televisión mientras iba a la cocina a preparar algo de comer para la chica. Esperaba que las noticias pudieran también arrojar algo de luz al asunto a parte de los esfuerzos de Helena y Ethan, pero lo que comenzó a oír no era en absoluto lo que esperaba. En la calle, cerca de la casa, oyó sirenas sonar a toda velocidad, pero le restó importancia hasta que comenzaron a hablar de alarma en las calles. Arthur dejó de hacer lo que estaba haciendo para prestar total y completa atención a la televisión para terminar comprobando horrorizado como unas extrañas personas parecían estar atacando a otras en las calles. La gente gritaba asustada y corría pavorosa. Agentes abrían fuego contra los enloquecidos criminales que parecían soportar cualquier tipo de daño que recibieran de forma sorprendente. Los cámaras del noticiero intentaron huir pero fueron alcanzados por aquellos hombres y mujeres que, una vez las cámaras los captó bien de cerca, se pudo apreciar que no eran personas enloquecidas o drogadas. Esas personas no podían estar ni siquiera vivas por su aspecto -Oh, Dios...- masculló Arthur -¿Nora? ¿Estás despierta?- no obtuvo respuesta -¡¿Nora!?- silencio -¡NORA!- Arthur corrió a la habitación para encontrar a la chica recién levantándose de la cama, con los ojos enrojecidos y algo pegados.
-¿Qué pasa? ¿Por qué gritas así?- comentó con voz rota.
-Levanta. Tenemos que irnos-
-¿Arthur...?-
-¡No hay tiempo!- que Arthur actuara de esa manera no era en absoluto normal. Algo muy, muy malo debía de estar pasando...

miércoles, 13 de mayo de 2020

Las llamadas en comisaría no cesaron durante toda la mañana, según le habían dicho, pero aquello era algo normal. En una sala pequeña, todos los agentes de policía que no se encontraban patrullando las calles se veían obligados a rellenar papeleo, tramitar gestiones banales y atender el teléfono. Nora apenas llevaba una hora en su recién comenzada rutina de oficina intensiva y ya empezaba aburrirse. Había comunicado a su superior, el Capitán Duncan, las noticias sobre su embarazo y la normativa obligaba a que la chica ocupase los meses que restasen hasta la fecha de la baja una posición sobre la silla. Y era horrible. 
—¿Tu crees que podrán mandarme mañana a otro distrito? Nunca pasa nada en Diamond Lake —comentó Helena con una mueca de disgusto. Su mesa estaba colocada frente a la de Nora, en posición contraria, como si ambas estuviesen a cada lado de un espejo. La ventaja era clara, pues tenía a su compañera y amiga siempre junto a ella. La desventaja era escucharla hablar incluso en momentos de concentración. —Ya le trasladé mi queja a Duncan, pero dice que hable con el Sargento. 
—Oh, no —dijo Nora, fingiendo preocupación. Realmente la entendía.
—¿Y adivinas qué me va a decir Ethan? Que no puede dar tratos distintos a cada uno de sus agentes sólo porque algunos sean más cercanos con él que otros. Como si le oyera —bufó. Apenas trabajaba. Miraba a todas partes conforme hablaba mientras que Nora tecleaba guardando una denuncia en el archivo digital. —Es una estupidez esa norma que nos clasifica por niveles de experiencia para acceder a los casos. Cuando trabaje con un asesinato de verdad, tendré canas —continuó. 
—¿Por que no haces las pruebas para ascender al rango de Sargento? 
—¿Y perder mi lugar privilegiado frente a ti? Superamos las pruebas juntas y aquí seguiremos hasta que algo cambie, como que decidas dejar de lado todo lo que has conseguido por criar a un bebé feo y gordo.
—No voy a dejar el trabajo, eso jamás —sonrió Nora, sin dejar de mirar a la pantalla del ordenador. Hacía ya un rato que le estaba costando transcribir las palabras y sentía que algunas se tropezaban con otras, de forma que escribir de forma fluida estaba siendo algo complicado. Para colmo, los teléfonos volvieron a sonar por toda la oficina, lo que terminó de crispar los nervios de la joven. Se frotó la frente con cansancio ¿A caso aquellos eran los primeros síntomas de agobio? Se vio obligada a negar con la cabeza para apartar aquellas sensaciones rápidamente. Durante las semanas en las que había sido consciente de su estado, se había mentalizado de los cambios por los que su cuerpo atravesaría y se había convencido a sí misma de no sucumbir a los más influyentes. Quería trabajar, estar activa y seguir en primera linea, aunque fuese detrás de un monitor. —¿Puede alguien coger el teléfono? —preguntó extrañada. 
—Ha debido ocurrir algo gordo —comentó Helena. Normalmente, cuando algo significativo ocurría, todas las líneas demandaban auxilio a la vez. Agudizando el oído, podían oír incluso en teléfono del Capitán sonando desde su despacho, a unos metros alejado de la oficina. —Voy a ver. 

Cuando Helena se marchó, Nora encontró un momento más de concentración. Tecleó de forma frenética tan rápido como pudo para intentar quitarse de encima el primer grupo de archivos que le habían encomendado. Pero, por desgracia, algo volvió a captar su atención. El resto de agentes de policía comenzaron a movilizarse, levantarse de sus asientos e incluso marcharse de forma acelerada. Nora frunció el ceño sin comprender qué ocurría. Se puso en pie de forma instintiva y buscó con la mirada alguna señal que pudiese darle respuestas. Ethan entró corriendo en la oficina. Tenía la cazadora mal colocada y su cara de preocupación fue demasiado expresiva y real como para sospechar que pudiese estar bromeando. Una mala sensación recorrió la espalda de la chica cundo observó como se dirigía directamente hacia ella, mientras que, desde la dirección contraria, también lo hacía Helena tras salir del despacho del Capitán. —¿Qué esta pasando?— preguntó con enorme extrañeza. 
—Nora... —comenzó a decir Helena.
—Helena, ve a St Royal ya. Quiero una patrulla entera acordonando la zona ¿Entendido? —Ordenó de forma repentina Ethan. St. Royal... era la avenida donde se situaba la empresa de biomedicina en la que Jack trabajaba.  —Nora, tú quédate aquí. 
—Pero si yo ni si quiera...
—He dicho que te quedes aquí —repitió. —Ha pasado algo y vas a tener que mantener la calma. —Aquellas fueron palabras suficientes para que Nora rompiese a sudar. La mala sensación se acrecentó enormemente y las posibilidades de que el problema de la kilométrica St Royal se ubicase cerca de Jack empezaron a aumentar exponencialmente. Helena dio un paso al frente, quiso decirle algo a la chica pero no pudo.
—Helena, he dicho que te vayas. ¡Ya! —volvió a ordenar. La joven apenas pudo hacer nada. Se lamentó con un gesto y se preparó para marcharse. Salió corriendo de la oficina mientras reforzaba el cinturón en el que colgaban sus armas y... Nora solo pudo echarse a temblar.
—¿Qué está pasando? —se atrevió a preguntar.
—Es Vicorp. Han tenido un accidente —terminó por confesar.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Y Jack?! ¡¿Le ha pasado algo a Jack?!
—¡Eh, eh! —Ethan obligó a Nora a sentarse. La mujer no se había dado cuenta, pero se había puesto blanca y estaba alterada a unos niveles que no eran sanos. —Intenta mantener la calma ¿De acuerdo? Voy a ir para allá con unas cuantas patrullas. Tú quédate aquí e intenta respirar. 
—¿Por qué me dices eso? ¿Qué ha pasado? —insistió la chica, con lágrimas en los ojos amenazando con desbordarse. Su mente iba más rápida que las palabras del hombre, pues estaba claro que estaba ocultándole algo. 
En aquel preciso instante, el Capitán Duncan salió del despacho. Se dirigió con paso firme y acelerado hasta Ethan, son sin antes mirar a la chica y reflexionar un par de segundos antes de hablar. —Sargento Williams, le quiero en St. Royal ya. Acaban de pedir refuerzos —explicó. —Quiero que busque los equipos de protección y los reparta con el resto de agentes ¿Me ha entendido? Nos reportan que el ambiente puede ser nocivo debido a la actividad que se desarrolla en Vicorp. Busque a los chicos, reparta los equipos y diríjalos. ¿Entendido? 
—Sí, señor —asintió. —Nora... tranquila. Volveremos enseguida. —Ethan no tuvo tiempo de más. Se ajustó la cazadora y se marchó en la misma dirección que Helena había tomado hacia un par de minutos. Sin embargo, Duncan no se fue. Se colocó frente a la joven cuya mirada ahora estaba perdida. 
—DeWitt, su compañera me ha dicho que su pareja sentimental trabaja en Vicorp. ¿Eso es así? — Ella respondió con un gesto poco claro, pero suficiente.
—¿Qué pasa en Vicorp? —murmuró.
—Un accidente ha hecho que la estructura se venga abajo. Nuestros agentes están ya trabajando para ayudar al personal lo antes posible —informó. Nora le escuchaba y no a la vez. Se puso nuevamente en pie, como si se tratara de un robot. Se ajustó el cinturón y dio un paso adelante, pero rápidamente fue detenida por el Capitán. Su mano se posó sobre el hombro de la chica de una forma tan contundente que no pudo continuar. —Usted debe quedarse aquí. La ley me impide dejarla ir en su estado. 
—Pero... pero no...¡No puedo! ¡Es Jack! ¡Tengo que ir! —gritó la chica, alternado a los agentes que quedaban en la oficina. Poco a poco empezaba a despertar el ensimismamiento y a tomar conciencia del problema que tenía. Las lágrimas escaparon de sus ojos de forma inoportuna.
—DeWitt, insisto. No le pido que atienda al teléfono ni que trabaje, pero quédese sentada aquí. Es su deber. —añadió. La mujer le dedicó una mirada desafiante. Jamás, en su vida, hubiese mirado a si a su superior. Le había costado años de formación entrar al cuerpo y adoraba su trabajo sobre todas las cosas. Pero Jack iba antes que todo. 
Los teléfonos siguieron llamando y el trabajo del Capitán continuaba. Tras comprobar que la chica se había quedado quieta y sin amenazar con marcharse, terminó por marcharse, no sin antes dar un par de palmadas en señal de lamento sobre el hombro que ya sujetaba. 
Las manos de Nora estaban inquietas. No podía sentarse, no podía caminar. Sentía que todos le miraban y sabía perfectamente que si no hacía algo en aquel momento iba a volverse loca. Y entonces, pensó rápido. Si la ley impedía que una agente embarazada pusiese su vida en riesgo participando en una actividad en la calle, dejaría de ser una agente durante aquel día. Desenganchó su placa del bolsillo de la camisa, la cual dejó sobre su mesa junto con el arma reglamentaria, y salió corriendo de allí.

Mientras corría escaleras abajo en dirección a la puerta, sacó el móvil. Marcó incontables veces el número de Jack pero éste no descolgaba. —Vamos, vamos, vamos... —insistió, sin obtener más respuesta que una voz robótica que le informaba de que el número no estaba disponible en aquel momento. Cuando llegó a la puerta, optó por buscar otro número al que recurrir. Necesitaba llegar a Vicorp cuanto antes, pero no podía coger ningún coche de patrulla sin la placa. Y además, algo le decía que estaban todos ocupados. Pasó los nombres de la agenda deslizando el dedo hacia abajo, y comprendió que buscar ayuda iba a ser difícil. Todos sus amigos estaban trabajando en aquel momento y el favor que tenía que pedirles les obligaba a dejar sus puestos, pero, por pura desesperación, acabó marcando el número de Arthur.
El contestador saltó una, dos y tres veces. Debía estar dando clase. Nora sintió unos deseos irrefrenables de estampar el teléfono contra el suelo justo antes de que éste sonase. Arthur le estaba devolviendo la llamada.
—¿Nora? ¿Qué ocurre? Estoy en mitad de una clase.
—¡Arthur! ¡Arthur, por favor, ayúdame! —rogó. De oírse así misma de aquella forma tan desesperada, rompió a llorar. —¡Es Jack! ¡Ha pasado algo en Vicorp y está casi toda la comisaría en St. Royal! ¡Por favor, ayúdame, tengo que ir hasta allí! 
—Espera, espera, espera. Tranquilízate. ¿Donde estás? 
—Estoy en la puerta de comisaría. No me dejan ir y necesito ver qué esta ocurriendo. ¡Por favor, ven por mi!
—Dame... dame diez minutos y estaré allí. Te lo prometo. Espera. —Arthur colgó el teléfono rápidamente, de forma que Nora sólo pudo esperar... y aquellos fueron los diez minutos más largos que jamás vivió en su vida.

Arthur ni si quiera apagó el motor de su coche. La chica montó en el asiento junto al conductor sin si quiera ponerse el cinturón. El hombre aceleró de manera casi despreocupada mientras tomaban rumbo hacia la avenida con un rostro de enorme preocupación. —¡¿Qué diantres pasa?!
—¡Vicorp se ha venido abajo! —respondió con voz temblorosa. —¡Y nadie quiere decirme nada concreto!
—Tranquilízate, Nora. Ya vamos —se limitó a decir.
El coche fue conducido a toda prisa entre las rectas y simétricas calles de New Rodes. Nora miraba por la ventanilla, con el corazón en un puño, viendo como adelantaban a todos los coches con los que se encontraban. Apenas tardaron unos minutos de viaje hasta que alcanzaron a contemplar, entre los enormes edificios que componían el centro de la ciudad, una humareda negra que ascendía hacia el cielo nuboso en forma de torre. Era enorme, gigantesca y terrorífica. Suficiente... como para saber que fuera lo que fuese que había ocurrido, debía ser algo horrible.
Entre llantos, Nora apretaba los puños mientras Arthur hacía todo lo posible por llegar cuanto antes hasta la empresa. Pero para desgracia de ambos, se encontraron con un cordón policial justo a unos metros antes de llegar a la zona. Múltiples policías, tanto de la comisaría de Nora como de otras, disponían sus vehículos de forma que nadie pudiese pasar. Era fácil imaginar que la zona contraria de la avenida debía encontrarse en la misma situación. —Mierda, mierda, mierda — gruñó Arthur. —Escucha, vamos a... ¡Eh, eh! —. Para cuando quiso darse cuenta, la mujer ya estaba saliendo del coche. Echó a correr sin miramientos, sabedora de que alguien podría retenerla en cualquier momento. Dado que aún vestía el uniforme, a los agentes que custodiaban el cordón no les extrañó, quizá, ver a una compañera corriendo. Aquello fue como un golpe de suerte para ella, quien se continuó en su carrera con una expresión horrible en la cara. Vicorp... era todo escombros.
La estructura se había venido abajo, y aunque no ardía tanto como en un principio se había imaginado, los cuerpos que los bomberos sacaban de entre los escombros se contaban en docenas. Nora se puso frenética. Angustiada, quiso dirigirse hacia los cuerpos que sacaban y disponían en el asfalto cubiertos por una manta. No quería reconocer a Jack. Se negaba a que su pareja estuviese entre aquellas personas mutiladas, quemadas y prácticamente irreconocibles. Pero... ¿Y si?...
—¡Nora! ¡¿Estás loca?! ¡¿Que haces aquí?! —Helena la reconoció a unos metros de distancia, mientras portaba una vaya hacia el otro punto del cordón. Su voz era reconocible a pesar de vestir una máscara de protección, pero Nora no se detuvo, continuó con su carrera hasta llegar a los pies de la empresa, cuyos escalones estaban derrumbados y hecho cenizas. Incluso los edificios contiguos estaban destrozados y amenazando con desprenderse —¡¡¡Nora!!! —. Un impulso instintivo, estúpido y temerario, la llevaron a intentar acercarse más de la cuenta a la zona del desastre. Su piel ardía a través de la ropa, pues las llamas no se habían disipado. Olía a quemado, a sangre y a catástrofe, y aún así encontró fuerzas para avanzar... hasta que fue detenida. Alguien la rodeó por la espalda y la alejó a la fuerza de allí. La joven gritaba de puro horror, intentaba zafarse del agarre que aquellos brazos ejercían sobre ella mientras lloraba a pleno pulmón, pero no pudo hacer nada. El bombero que la había capturado la dejó junto a Helena, pues era quien había alertado de que la mujer se estaba poniendo en peligro. 
—¡Helena! ¡Llévatela ya! —ordenó Ethan, también bajo una mascarilla. Lo había visto todo de lejos. 
—Vayámonos de aquí ya. No puedes respirar este aire. No os va a sentar bien—susurró la rubia, intentando gestionar las emociones de su amiga sin saber cómo, a la par que la acompañaba casi arrastras. 
—No... Jack... No puede ser...—se lamentaba mientras caminaba casi sin sentir. Por suerte, Helena reconoció a Arthur no demasiado lejos. Observaba como ambas mujeres se acercaban desde un punto alejado, al otro lado del cordón. 
—¡Arthur! ¡¿Por qué coño la has traído?! —gritó cuando estuvo cerca.
—¡Ella me llamó! ¡Yo que cojones sabía qué estaba pasando! ¡Estaba desesperada y me pidió ayuda!
—¡Pues llévatela ya de aquí! ¡Nos han dicho que el aire puede estar cargado de algo! ¡Idos ya! —insistió, entregando a la chica. Arthur la tomó del brazo y la atrajo hasta él, como si se tratara de una muñeca llena de terror y llanto. 
—¿Y mi hermano? ¿Donde está mi hermano? —preguntó antes de terminar. Nora alzó la mirada, esperando respuesta por parte de Helena. La chica tragó saliva, sabiendo que no le quedaba otra que responder. Negó con la cabeza.
—Vamos a seguir buscando —se limitó a responder. —Llévatela y que la vea un médico. ¡Que os vea a los dos! —finalizó, corriendo de nuevo en dirección a su trabajo. 

Nora abrazó a Arthur con desesperación. Sintió que las piernas iban a fallarle en cualquier momento, pero, por suerte, el hombre la sujetó de forma concienzuda. —Jack... tienen que encontrar a Jack —lloró.
Vayámonos a casa, Nora. No podemos hacer nada más.

Conforme pasaban las horas se iba aproximando el fin de la reunión de amigos. Tras la realización de las fotografías y de un buen puñado de risas más en conjunto, Charlie y Carol fueron los primeros en levantarse del asiento para despedirse y proceder a marcharse. Después, siguieron Sarah y Arthur -¿Ya? ¿Vosotros tan pronto?- preguntó Jack con incredulidad.
-Tenemos cosas que hacer-
-¿Cosas sexys?- preguntó Helena arqueando las cejas.
-Cosas como dormir- respondió Arthur reprimiendo un bostezo -En serio, estos últimos días están siendo una carga enorme para mí también-
-Tampoco queremos dejar a Mark demasiado tiempo sin nosotros. Quizá ya esté dormido, sí, pero tampoco es que nos apetezca dejar a la canguro cobrando por estar viendo la tele- comentó Sarah.
-Al pobre que le den ¿eh?- se mofó Helena, llevándose una mirada desaprobativa de Helena.
-No es eso, mujer-
-Ya lo sé, ya lo sé, es broma-
-En fin, en ese caso espero que os lo hayáis pasado bien una vez más y que volvamos a vernos la semana que viene- dijo Jack risueño.
-Claro que sí, como siempre- ambos hermanos se dieron un cálido abrazo.
-Cuidaos mucho, sobre todo tú- dijo Sarah a Nora -Tienes una enorme responsabilidad en tu salud ahora mismo-
-Lo sé, no os preocupéis- asintió Nora.
-Dejadmelo a mí, yo me bebo las cervezas por ella- guiñó el ojo Helena.
-Contamos contigo- concluyó Arthur.
-Por desgracia- añadió Jack.
-Te he oido, capullo- señaló Helena.
-No le hagas caso, yo te apoyo- inquirió Jason, fallando estrepitosamente una vez más en ganar atención de Helena.
-Hasta el próximo día, chicos- se despidieron Arthur y Sarah, marchándose finalmente. En el salón solo quedaron Jack, Nora, Jason, Helena e Ethan.
-Bueeeeeno- comentó la rubia mirando para todas partes con inquietud.
-¿Jugamos a algo?- Jason miró interesado a los que restaban en la casa.
-Lo dudo- agregó Ethan -Yo me marcho también. Mañana me toca turno y a ti también, Nora. No te acuestes muy tarde que te necesitamos fresca como una lechuga-
-Sabes que soy responsable-
-Eso espero, eso espero- disparó una mirada significativa a Jack -Ya nos veremos. Y lo siento una vez más por el marrón, Jack-
-Que te den- se despidió Jack risueño mientras Ethan se marchaba por la puerta.
-Qué coñazo. Vamonos nosotros también, Jason- dijo Helena poniéndose en pie.
-¿Qué? ¿Ya? ¿Por qué?-
-Porque hay que currar, mamón. Tenemos que descansar- trató de explicar ella.
-Yo mañana no trabajo- Jason miró a Jack.
-Ellos sí-
-Bueno, pero que ellos nos digan cuando tengan sueño- Jason ignoraba las señales. Incluso pasaba por alto lo acurrucados que estaban Jack y Nora en el sofá.
-Jason...- Helena bufó -¿No ves que se mueren por echar un polvo?- Jack y Nora estallaron en carcajadas.
-¿Qué?- Jason volvió a mirar a la pareja riendo -Ah, oh... eh...- se puso en pie -¿En serio? Bueno, no quería yo molestar-
-Venga, que siento las vibraciones sexuales hasta yo- apremió la rubia.
-¿Ah, sí? ¿Te interesa?- sonrió torpemente pícaro Jason.
-¿Contigo? Antes me liaría con Jack- en lugar de ofender a Nora, la hizo reír más -Y no te hagas ilusiones con eso, capullo- le indicó al novio de su amiga.
-Vaya por Dios. Ya casi creía que te tenía en el bote- acompañaba Jack a Nora en la risa.
-¿Pero por qué con él y conmigo no?- preguntaba Jason quejica, siendo empujado hacia la puerta.
-¡Tira de una vez, joder! Nos vemos, chicos- se despedía de camino la rubia -Procura que pueda andar, Jack. Que mañana curra. No le des muy fuerte-
-¡Bocazas!- Nora lanzó un cojín que falló estrepitosamente debido a que Helena finalmente salió por la puerta. Durante unos segundos aún se oía al ofendido Jason quejarse de la indiferencia de su querida rubia a la que pretendía enganchar desde hacía ya mucho, mucho tiempo.
-¿Me explicas por qué somos amigos de este atajo de imbéciles?- se carcajeó Jack.
-No lo sé. Lo peor es que uno de ellos es tu hermano-
-No es el peor de todos, al menos-
-Ya, en eso tienes razón- ambos siguieron comentando y bromeando sobre sus amistades mientras recogían la mesa y tiraban los desperdicios a la basura. El silencio fue ganando espacio en la casa hasta que la conquistó. De nuevo, parecía volver a ser un hogar reconfortante donde ambos pudieron comenzar a relajarse. Sobre todo una vez llegaron a la habitación dejando todas las luces apagadas a su paso. La pareja comenzó a desvestirse para prepararse para ponerse el pijama -Ah, por cierto- interrumpió Nora semidesnuda, deteniendo a Jack prácticamente de la misma guisa -¿Tenía razón Helena?-
-¿Sobre qué?- Jack observó a su chica ponerse sobre sus rodillas en el colchón hasta alcanzarle más o menos a su altura para mirarle a los ojos.
-Sobre lo de echar un polvo- se mordió los labios.
-No sé de dónde se sacó eso, la verdad- comentó Jack con cansancio, suspirando. Nora no pudo contener apenas una mirada de sorpresa ante la pasividad de su pareja ¿La estaba rechazando?
-Ah, bueno. Supongo que el día ha sido duro ¿eh?- comentó comprensiva, sonriente y complaciente.
-Bastante duro- asintió Jack
-En ese caso, se bueno y procura descansar- con un brinco sobre el colchón, la muchacha alcanzó a darle un dulce beso en la frente a su novio para después girarse para ir a su lado de la cama. Sintió sin embargo un cálido tirón de la cintura cuando se dio la vuelta, viéndose arrastrada hacia Jack, de espaldas. Realmente no se sorprendió al percibir entre sus piernas cierta resistencia endurecida. No pudo evitar reír -Qué tonta soy...-
-No puedo creer que te lo hayas tomado en serio- comentó Jack en baja voz, que mientras se apretaba con ella le besaba los hombros, la nuca y la espalda.
-Solo trato de ser buena- suspiró la chica.
-¿Ah, sí?- Jack le dio la vuelta con suavidad -Pues empieza a portarte bien conmigo- ambos se sonrieron con picaresca antes de fundirse en un gran y húmedo beso mientras jugaban y entrelazaban sus lenguas a la par que sus manos, compartiendo la sensación mutua de la necesidad y la prisa, buscaron desnudarse el uno al otro con la mayor prontitud posible. Una vez se hallaron sin murallas de ropa que cubriera ni un ápice de sus cuerpos, Jack la arrojó a la cama con ímpetu provocando una risilla divertida en Nora al notarse rebotar en el colchón.
-Tonto, vas a romper la cama- masculló ella mientras su novio se le colocaba encima, abriéndose hueco suavemente entre sus piernas. La chica le acariciaba la barba perdida en la mirada de su amante.
-Pensaba que era la idea para hoy- respondió él antes de volver a besarla con profundidad y pasión. El día, la situación vivida, la alegría y emoción que sentían ambos en su interior por el buen sino que les acompañaba en los días venideros y en un futuro prometedor les hacía sentir una sed incomprensible. En situaciones normales se hubiesen detenido a jugar, a lamerse, morderse, como dos adolescentes que apenas empiezan a descubrir el cuerpo del otro, pero no podía ser esa noche. Esa noche ambos tenían la necesidad de unirse cuanto antes. Nora le invitaba aferrándole con las piernas mientras Jack la besaba y el tenso y erecto cuerpo del hombre no pudo contenerse apenas un instante antes de penetrar la intimidad de la chica con un embite suave pero constante. Jack se despegó de los labios de la chica para oir con placer cómo esta se deshacía en un gemido profundo y largo mientras sentía como en cada parte de sus adentros se abría paso su futuro marido y padre de su hijo. Así, en un instante de inmovilidad, ambos se quedaron mirando hasta que Nora se atrevió a sonreir y a jadear.
-¿A qué estás esperando?- le preguntó con picardía, apremiándole mientras le apretaba con fuerza la espalda. Complacido por su impaciencia, Jack volvió a moverse y a penetrarla una y otra vez, en principio con suavidad. Oír la dulce y hechizante melodía que emanaba de la garganta de su chica era para Jack el mayor de los néctares que pudiera saborear alguna vez. No había nada que lo hiciera entrar en trance más que los gemidos de su chica, los cuales buscó enaltecer acariciándole con pasión los pechos y apretándoselos a la par que se permitía y apretando el ritmo y la fuerza de forma lenta pero constante hasta que él comenzó a acompañarla en la armonía de los gemidos, a la vez que el cuerpo se les envolvía de un calor que les invitaba a desprenderse hasta de la piel, de haber podido.
Jack continuó haciéndole el amor con pasión mientras la besaba y la tocaba por todas partes, pero sentía ganas e impaciencia de poder recorrerla mejor de lo que podía en esa postura. El hombre se despegó de ella un instante para sentarse en el colchón y después la atrajo hacia sí para sentársela encima. De esa manera podía rodearla con los brazos, recorrer su espalda por completo con unas caricias de sus manos mientras mordía, lamía y degustaba el sabor de la piel de sus pechos mientras ella seguía aferrándose a él, ayudándole a alcanzar aún más su interior al mover ella las caderas para sentir el miembro de su amante entrar y salir suavemente de entre sus piernas. Jack la tomó por la parte baja de las nalgas y con dedos traviesos separó ligeramente la carne de la chica para abrirse mejor el camino hacia ella, ayudándola a moverse también con mayor facilidad. Nora y Jack siguieron gimiendo, cada vez con más prisa, con más velocidad, acompañado de la velocidad en la que el hombre entraba y salía de ella. A ratos la habitación se quedaba en silencio cuando los gemidos se silenciaban con sonoros besos que chasqueaban entre los labios de la pareja y otras veces roto por el suave restallido de la carne contra la carne con cada penetración. Cada movimiento alteraba más los sentidos de ambos amantes pero era Jack el que empezaba a sentir la necesidad de dejar salir la pasión y el animal. Sentía un enorme placer, sí, pero quería más. Necesitaba más. Entregarle a ella mucho más. Jack detuvo los movimientos un instante para besarla una vez más antes de quitársela de encima con suavidad. Nora sonrió viendo las intenciones de su novio, que la dejaba ponerse sobre el colchón de espaldas a él mientras éste se colocaba detrás de ella. Mientras que el hombre la aferraba por la cadera con ambas manos, Nora ya apretaba las sábanas esperando la primera acometida que lo llevara a su interior. Sentirle entrar desde esa postura siempre era contundente, casi relampagueante. Jack siguió penetrándola de esa manera, contundente y con apasionada fuerza, desgarrando gemidos desde lo más profundo del alma de Nora. Para un gran colofón Jack se mordió el labio inferior mientras que una de sus manos se deslizó hasta la entrepierna de su chica, acariciándole el clítoris mientras la seguía penetrando. Los jadeos de la chica le comunicaban el estado en el que se encontraba y para ser sincero consigo mismo, Jack tampoco podía contenerse mucho más. Siguiendo con el juego de manos y apretándole una nalga con la mano que le restaba, Jack culminó en el interior de su chica mientras la embestía con fuerza y un ritmo elevado, robándole a ella por igual un sonoro orgasmo que le acompañaría por el resto de la noche en su mente. Nora solo tuvo que dejarse caer, derrotada, de bruces contra la almohada. Jack, jadeante, se dejó caer a su lado lentamente, mirándola a la par que ella se giraba, un poco colorada, para mirarle a él. Ambos se sonrieron con amor y ternura, permitiéndose Jack darle un toquecito con el dedo en la nariz, haciendo que Nora arrugase el rostro -Da miedo de pensar en todo esto- comentó la chica con la voz entrecortada.
-¿En qué?- quiso saber Jack, apartándole los cabellos del rostro.
-En lo bien que va todo. En lo mucho que te quiero. El miedo que supone pensar que todo acabe o cambie por alguna razón- suspiró
-Nada cambiará. Nada acabará- Jack la abrazó con suaviad, atrayéndola hacia sí, para arroparla entre sus brazos. Nora se acurrucó en él con una amplia sonrisa.
-¿Me lo prometes?-
-Te lo juro. Se acabará el mundo antes de que todo esto que nos rodea cambie. Se acabará el mundo entero antes de que esta vida nuestra vaya a peor-
-Te quiero aunque seas feo- bromeó ella, acurrucándose más entre los brazos de Jack.
-Soy un hombre afortunado- rio Jack provocando en ella también una risilla antes de dormir.

Al día siguiente, Jack amaneció un poco antes que Nora. La chica seguía dormida y desnuda bajo las sábanas mientras que el hombre se vestía sin dejar de mirar la silueta que ella dibujaba entre el montón de arrugas de la ropa de cama. Se mentiría a sí mismo si no se confesaba que, de ser por él, volvería a hacerle el amor en ese instante antes de irse a trabajar, pero era prácticamente un imposible por horario y por el sueño de la chica. A ella le sonaría el despertador pronto, de manera que la dejó dormir los minutos que le quedaban y él se marchó rumbo al laboratorio.

Cuando llegó, miró el reloj en su muñeca. A esas horas Nora ya se habría levantado y posiblemente ya se había marchado a trabajar. Le apenaba no poder verla de uniforme salvo contados días en que cambiaba su turno en el laboratorio. Algún día, pensó, podrían jugar a los interrogatorios picantes. Solo de pensarlo le hizo sonreír mientras entraba por la puerta del laboratorio -¿Qué es tan divertido?- preguntó Carl, uno de sus compañeros, que pasaba por allí con un café en la mano.
-Me acordaba de un chiste- mintió Jack.
-¿Me lo cuentas?-
-Nope- siguió riendo Jack dirigiéndose a las taquillas para cambiarse y ponerse el traje de protección antes de entrar en la sala de elaboración. Carl seguía a su lado terminándose el café para luego ponerse su propio traje.
-¿Has visto a Winters?- preguntó Carl.
-¿Cómo? Si acabo de llegar-
-Por si lo has visto aparcando o algo. No ha aparecido en toda la mañana y eso es rarísimo en él-
-Quizá se ha quedado dormido. Anoche se fue para casa con un whiskey encima y quién sabe si le ha dado por tomarse algo más. Está exageradamente volcado en este proyecto. Debe de estar derrotado-
-Todos lo estamos, joder. El jefe es el primero que debe dar ejemplo y arrimar el hombro- se frustró Carl.
-Se comprensivo. Sabes que nos lo compensa-
-Estás muy positivo hoy ¿Follaste anoche?- inquirió Carl.
-No lo sé, dímelo tú ¿Cómo te notas el culo?-
-Cabrón- rio Carl.
-Venga, vamos- apremió Jack también entre risillas para luego dirigirse junto a Carl a la sala de elaboración. El proceso de descontaminación concluyó como de costumbre y poco a poco fueron encendiendo la maquinaria y las luces una vez entraron en la sala. No escapó a la atención de Jack que algo no andaba bien -Oye, Carl-
-Dime- su compañero aún seguía encendiendo maquinaria con diversos botones.
-¿No había aquí un carrito con unas muestras de tono amarillento o ambarino? Lo deje anoche ahí, en la esquina- el carrito no estaba. No había rastro alguno.
-Ni idea. Yo acabo de entrar ahora mismo contigo-
-¿No has visto a nadie llevarlo a alguna parte?-
-Negativo, compañero- Jack se quedó pensativo, extrañado ¿Quién se lo había llevado si toda la sala estaba completamente apagada hasta ahora que estaba Carl dando energía? ¿Estaba acaso alucinando? ¿Y si se equivocó? No tenía ningún sentido. Juraría que lo llevó, pero también lo hizo todo con tanta prisa que... Debió de poner algún cartel, etiquetarlo, señalizarlo para que nada ni nadie lo tocara. Jack suspiró pesadamente al pensar en que seguramente se llevaría una bronca de Vincent. Debido a sus pensamientos, no se percató en lo que Carl estaba viendo -Eh, Jack- la voz de su compañero le sacó de sus pensamientos -¿Te referías a eso?- Carl señalaba a un carrito con muestras de suero amarillento en distintas probetas que se encontraban, precisamente, al otro lado de la cristalera de pruebas.
-Mierda...- Jack se sintió palidecer -¡Apágalo todo, Carl! ¡Apágalo!- ordenó.
-¿Qué?-
-¡Que lo apagues todo! ¡No pienses, actua! ¡Apagalo todo!- volvió a ordenar, corriendo a la botonera de mando de energía y luces de la sala.
-¿Pero qué mosca te ha picado?- dijo Carl apartándose, dejando hueco a Jack. Este pulsaba todos los botones de apagado de emergencia pero uno de ellos no funcionaba.
-¡Joder! ¡No funciona!-
-¿¡Rearmaste el conmutador de cierre de emergencia!?- Jack recordó que no. Lo apagó completamente todo para no meter la pata y sin embargo se olvidó de rearmar los cierres para su correcto funcionamiento. Lo dejó todo apagado y ahora el apagado tardaría unos minutos de más. Jack juraría poder ver cómo esas muestras de las probetas empezaban a brillar y recordó las palabras de Winters sobre saltar por los aires.
-Nora...-

La explosión del laboratorio se vio desde cada extremo de la ciudad. Las llamas alcanzaron alturas dificilmente imaginables y los cascotes y escombros alcanzaron metros y metros de distancia, cayendo sobre casas, vehículos y en mitad de la calle. La ciudad entera tembló debido a la onda expansiva. Fue como el inicio de una temible guerra que nadie fue capaz de imaginar.

martes, 12 de mayo de 2020

Cuando sonó el timbre tras la puerta, Nora se levantó del asiento como un resorte y aceleró su paso hasta abrirla. Jack parecía angustiado. Estaba despeinado, tenía la camisa algo desabotonada y arrugada, y por el sudor que desprendía algo le decía a la chica que había estado corriendo desde que aparcó el coche hasta llegar a la vivienda. Posiblemente, ni si quiera había tomado el ascensor, seguro de que subiendo las escaleras de tres en tres llegaría antes. 
—Lo siento mucho, cielo, de verdad. Se me ha ido el tiempo entre una cosa y otra, y Vincent... —intentó explicarse. Nora le calló con un beso discreto. Esa noche no quería discutir, ni alargarla más de lo necesario en conversaciones de trabajo. Aquella noche necesitaba disfrutar.
—¿Todo bien? ¿Ha pasado algo? —preguntó en voz baja.
—Sí, no te preocupes. Sólo es lo de siempre.
—¡Pues mueve el culo y siéntate ya!— gritó Jason desde el salón, quien no cabía duda de que había estado oyendo la conversación. Jack y Nora sonrieron mutuamente al mirarse, conscientes de que si algo nunca iban a poder cambiar, era el carácter de sus amigos.

Arthur, hermano de Jack, caminó hasta la cocina para sacar las bolsas con comida tailandesa para llevar que había comprado hacía ya una hora justo antes de llegar a casa de Jack. Su mujer, Sarah, ayudó a colocar las fuentes de tallarines, arroz, verduras wok y sopa tom yam al rededor de la pequeña mesa del salón, donde todos los sábados se las ingeniaban para colocar la cena sin que nada acabase en el suelo. Jason colocó los vasos donde siempre: algunos sobre el mueble del televisor, otros en la mesita auxiliar que había junto a los sofás y a los que no encontraba ubicación segura, sobre la estantería. Helena, por su parte, apenas ayudaba en nada. Se había acercado a la nevera a tomar su segunda cerveza de la noche, en botellin. Era la única que se negaba a esperar a los demás para probar algo, alegando siempre que tenía la boca muy seca. Sentada descuidadamente sobre el puf que había entre ambos sofás, dirigía a Charlie y Carol para que la pareja colocase las sillas plegables en los lugares más idóneos para que ninguno se moviese demasiado para alcanzar algo de comida. Y Ethan... Ethan sólo miraba. 
— A ver, señor doctorado en biología, ¿Qué ha sido hoy? —preguntó Helena mientras Jack se quitaba el abrigo y lo colocaba sobre el perchero que quedaba al lado de la puerta. —¿Un trabajo extra? ¿Una charla de más con algún compañero de trabajo? ¿O tu jefe te soborna para pasar unas horas poco laborales con él? —preguntó con burla.
—Perdonadme, de verdad. Estamos en un momento de desarrollo en el que estamos dando todo lo que tenemos —explicó apurado. 
—Oh, sí. Los trabajos misteriosos que no se pueden explicar —añadió la chica, componiendo una voz enigmática y teatral mientras hacía movimientos con los dedos de la mano libre. 
—Son clausulas, tía. ¿No sabes qué son las clausulas? —preguntó Jason, tomando asiento junto a ella. 
—¿En serio me estás preguntando eso? ¿A mi? ¿Capullo? —le respondió entornando los ojos.
—Ay, Jason... —se lamentó Charlie.
—Bueno, bueno. Haya paz —intervino Sarah. Aquella noche se había vestido de forma elegante, como de costumbre. Su vestido verde hacía que los cabellos rubios que caían por sus hombros resaltasen más que de costumbre. Su voz serena logró apaciguar los ánimos y su sonrisa, hacer ver que no había ningún problema. Nora la observaba con detenimiento desde una esquina, preguntándose una vez más como conseguía ser tan perfecta. —Te entendemos, Jack. No te preocupes. Arthur también se demora de vez en cuando en el trabajo —explicó.
—Ah, cierto. Los profesores sois los que más curráis de todo el país —comentó Ethan con sorna, acercándose por fin a los demás. —Es broma, es broma. Es sólo que no sé donde están las horas de más en un trabajo así. Me gustaría comprenderlo.
—Pues para empezar las horas lectivas no son mi único trabajo —comenzó a explicar Arthur. —En el despacho se elabora todo lo que no puede hacerse en clases, desde horarios a actividades prácticas. Y por supuesto, también corrijo exámenes. Y créeme que en algunos tengo que desperdiciar más de una hora para comprender qué están tratando de decir algunos chicos.
—¿Te refieres a caligrafía? —preguntó Carol, curiosa, sumándose a la charla.
—No, que va. Me refiero a las historias que se inventan y que demuestran que no han estudiado nada —aseguró. Pero no parecía tranquilo al hablar, sino desconcertado. 
—Ah, entiendo, entiendo —asintió Ethan. —¿Y de sexualidad? ¿Les hablas ya de sexualidad?
—Ethan, los chicos del instituto tienen más vida sexual que tú hoy en día. ¿De que quieres que le hablen? —preguntó Helena.
—Simple curiosidad. Me resulta graciosa la idea de ver hablar a este tipo de preservativos y gonorrea —se burló.
—¿Qué pasa? ¿No me ves capaz?
—Claro que sí, tío —se recompuso, dando un leve golpe en el pecho de Arthur, de forma amistosa y despreocupada —Es sólo que debajo de toda esa cara de seriedad me cuesta ver a un hombre hablando de enfermedades sexuales.
—Hablando de enfermedades sexuales —se sumó Jason. —Si yo...
—¿No teníais hambre? —preguntó Nora, colocando las manos sobre las caderas, consiguiendo silenciar a todos los que hablaban —Los fideos tienen que estar ya fríos.
—Pues también es verdad —asintió Helena, frunciendo el labio y presentándose como la primera en echar mano a la comida. Después de ella, todos se acercaron y se sirvieron, de forma que en pocos minutos el silencio se hizo mientras todos se acomodaban y degustaban la comida acompañada de una copa de vino que Jack se encargó de ofrecer a todos. De alguna forma, la comida también amansaba a las fieras.

Las charlas se hicieron banales, las risas estúpidas y el ambiente sumamente acogedor. La comida fue poco a poco acabándose, así como las copas rellenándose de vez en cuando. Los minutos, incluso las horas, pasaban sin que ninguno se estuviese dando cuenta realmente de ello. Quizá por ello a Nora no le pareció mejor ocasión que aquella para hablar. —¿Queréis tarta? La he hecho esta tarde —preguntó, poniéndose en pie para caminar hacia la cocina.
—Muchas gracias, Nora. Pero estoy llenísimo — dijo Charlie. 
—Pues yo si quiero —aseguró Helena con emoción. —Eres una santa, te lo juro. Dime que es de queso.
—Es de queso.
—Lo sabía —sonrió la chica bobalicona, extendiendo sus brazos hacia atrás. —Jack, tienes mucha suerte. Si yo conociese a alguien que hiciese tarta de queso todas las semanas, también me iría a vivir con él.
—¿Cómo puedes comer tanto sin engordar? —preguntó Jason, incrédulo.
—Me estoy cobrando la parte de todas las pruebas físicas que tuve que superar para entrar en el cuerpo y te aseguro que todavía falta algo más de un año de tartas para compensarlo —aseguró con enorme decisión en la voz.
—Bueno, en cualquier caso no esperes que vaya a estar un año entero cocinando tartas para ti —bromeó Nora, colocando el pastel en el centro de la mesa tras retirar algunos platos sucios. La cobertura superior de la tarta tenía un color rojizo tan llamativo que abrió el estómago de algunos que ya lo creían cerrado.
—Tiene una pinta estupenda —aseguró Sarah. 
—¿Por qué no os lleváis un trozo para Mark? Hace ya tiempo que no le veo —recordó Jack. El trabajo tan ajetreado de todos impedía que pudiesen mantener el contacto con la familia como solía ser costumbre antes de que naciera. 
—Pásate por casa, hombre. No puedes estar trabajando tantas horas. Dejas de lado a tu familia, dejas de lado a Nora... —señaló Arthur.
—No me deja de lado, Arthur. Yo también estoy ocupada en comisaría. Es sólo que estamos en un momento un poco complicado, aunque... por mi parte va a durar poco este ritmo ya —se atrevió a decir. Helena y Charlie, que ya habían echado mano a un cuchillo para cortar el pastel, se quedaron quietos unos segundos.
—¿A que te refieres? Si apenas llevamos dos años en el cuerpo —frunció su compañera el ceño. Nora miró a Jack y se mordió el labio inferior. ¿Para qué ocultarlo más? Unas semanas más y su cuerpo hablaría por ella. El hombre, aún despeinado, echó mano del bolsillo trasero de sus pantalones. De la cartera extrajo un par de fotografías en blanco y negro que todos adivinaron en pocos segundos de qué se trataba.
—Estoy embarazada.

Lo que en un primer momento fue un absoluto silencio, en poco tiempo se convirtió en jolgorio y felicidad. Sarah se echó a los brazos de Nora, colmandola de abrazos y besos llenos de orgullo y dicha. Charlie y Carol se pusieron en pie y felicitaron a la pareja con ciertos deseos, palpables e inevitables, de que ellos fuesen próximamente los felicidatos. A Jason casi se le escapó una lágrima mientras abrazaba a su amigo de toda la vida, a Jack, con quien había compartido momentos que jamás olvidaría de su niñez. Helena se frotó la frente, incrédula. —No me puedo creer que vayamos a tener a otro impuntual en esta reunión —comentó con sopor. —Qué diantres, venid aquí los dos —sus palabras fueron como un aviso antes de que extendiese un brazo hacia da uno y los abrazase tanto como el número de personas festejando la ocasión lo permitía.
—¡¿Pero desde cuando lo sabías?! —preguntó Sarah con enorme emoción en la voz mientras miraba las imágenes de la ecografía, pequeñas y poco nítidas. 
—Desde hace un par de meses, pero no queríamos decir nada porque... ya sabes, a veces estas cosas no salen bien y no queríamos adelantar acontecimientos si nos íbamos a llevar una decepción —explicó Nora. Sus ojos lucían con un brillo especial aquella noche, atrapante y atractivo. Las mejillas estaban sonrosadas por la noticia que acababa de dar y su cabeza ya daba vueltas, por fin, en el futuro. 
—¿Cuando ha sido la ecografía? —preguntó Carol.
—Fue hace dos días. Cuando nos dijeron que todo iba bien fue como una luz verde para poder contarlo por fin.
—¿De cuanto estas ya? —continuó Sarah. 
—Casi doce semanas. 
—¡¿Pero qué dices?! ¡Déjame ver! —la instó a ponerse en pie. Sin permisos le alzó levemente el jersey para observar un vientre casi plano.
—Todavía no se nota, Sarah. 
—Seguro que dentro de dos semanas ya se nota. Cuando estuve embarazada de Mark a las doce semanas ya tenía una bulto asomando. 
—Pero es que tú estas muy delgada, a mi me va a tardar unas semanas más. 
—¿Y sabéis ya el sexo? —volvió a preguntar Carol. Ésta vez era ella quien tenía las fotografías.
—Que va. Al parecer es muy pronto y nos dio la espalda todo el rato. Sólo he podido verle el culo.
—Me estoy haciendo vieja —comentó Helena, echando mano a un botellín de cerveza nuevo y saboreando, por fin, su trozo de tarta. 
—Tío, me compadezco de ti. Lo siento mucho — comentó Ethan, acercándose a Jack. De alguna forma, el grupo se había dividido en dos. Las mujeres hablaban sobre el embarazo, con Charlie entre ellas, mientras que los demás se habían quedado con Jack, tratando el tema de una forma en la que ellos pensaron que sería más varonil. —Esto es el principio del fin.
—¿Qué dices? Si ni si quiera tienes hijos —gruñó Jason, aún emocionado por la noticia.
—Pues por eso tío. Ahora ya estas encadenado a tu mujer y a tu hijo. Se acabaron las fiestas, las quedadas con los compañeros, las charlas entre hombres. Que putada tío. 
—Joder, Ethan —bufó Jason.
—Que es broma tío —se carcajeó. —Me alegro y esas cosas. Para consejos de niños ya tienes a tu hermano. Yo continuaré siendo alguien que disfruta de la vida hasta que muera —prometió, dando un largo sorbo a su copa de vino. 
—No le hagas caso, Jack. Es algo muy emocionante. Tener hijos es algo que... te debe completar —aseguró Arthur. Dado que no lo había hecho antes, aprovechó la situación para darle un abrazo a su hermano. —Me alegro por ti y por Nora.
—Gracias. La verdad es que nos cogió de imprevisto. No lo habíamos buscado así que...
—Nos casamos el mes que viene —añadió Nora, que había estado oyendo la conversación de los hombres disimuladamente. 
—¡¿Qué?! ¡¿Pero cuantas bajas vas a pedir?!
—Es que ya que teníamos planeado casarnos para el año que viene, con el tema del embarazo decidimos casarnos para el mes que viene. —explicó Jack. —No va a ser ninguna fiesta por todo lo alto ni nada de eso, sólo vamos a firmar los papeles y ya está. En la empresa tendría ciertos beneficios si lo hacemos así antes de que el bebé nazca, ya sabéis, para complementos salariales y esas cosas.
—¿Entonces tenemos boda para el mes que viene? —preguntó Charlie.
—Ya os hemos dicho que no va a ser nada del otro mundo, solo una formalidad —insistió Nora.
—¡Pues entonces yo me encargo de la despedida de soltero, tíos! —se interpuso Jason. —Si me dais dos semanas os la planifico. Podemos alquilar un local y buscar algún proveedor de bebidas que...
De alguna forma, los grupos volvieron a separase.
Tanta información y celebración hizo que, de forma obligada, Jack y Nora tuviesen que atender a todos a su forma. Los abrazos, los besos y las copas continuaron mientras que la vista ya estaba puesta en el futuro. Y aunque estaban ocupados, la pareja volvió a encontrar unos momentos para mirarse y sonreírse ignorando por unos segundos a los demás. Fue una mirada que expresaba todo. Amor, felicidad, logro... alegría después de tantos años. Quizá por ello Nora decidió apartar la vista y dejar que Jack siguiese con los demás, puesto que más adelante, en unos meses, tendrían su momento especial. Ahora sólo podían compartir con quienes eran, a todas luces, su familia. 

—¿Y cuando nace la pequeña Helena? —preguntó la chica, tomando asiento junto a Nora a unas horas a las que ya todos estaban algo cansados. La mujer aún miraba a su pareja, tan exultante mientras hablaba con su hermano y Jason que le pareció aún más atractivo de lo normal.
—No se si será una niña, y por supuesto, no se va a llamar Helena —aseguró, dejándo caer su cabeza sobre el hombro de Helena. Ésta flexionó su cabeza hasta dejarla sobre la de la chica.
—Traidora —se burló, provocando una pequeña risa en Nora. —Me alegro mucho por ti, de verdad —insistió. La mujer suspiró largamente. Estaba tan alegre observando a todos, que creyó que por fin había conseguido dar con el verdadero significado de la felicidad. Deseó con todas sus fuerzas que hasta el día en el que tuviese que dejar el mundo todo fuese así, y que su hijo, desde que naciese, pudiese contar siempre con el apoyo de todos los que la acompañaban aquella noche. No podía más. No necesitaba más. —¿Puedo ser la madrina capulla que siempre bebe? A la que regañes por enseñar lo que es la cerveza demasiado pronto a tu hijo. —La respuesta de Nora no se hizo esperar. Tomó un cojín del sofá y se lo estampó en la cara.
—¡Eh! ¿Nos hacemos una foto? Este día habrá que recordarlo ¿No? —preguntó Sarah. 
—Buena idea. Voy a buscar la instantánea —se le ocurrió a Jack.
—Oh— bufó Helena. —¿Cuantas veces vais a fardear de esa camarucha? 

Jack colocó la cámara sobre el televisor, esperando que ésta no se cayese y se estropease. Pulsó el botón del contador y corrió a reunirse con los demás, que ya estaban colocados al rededor del sofá. Charlie abrazando a Carol, Ethan alzando una copa nueva de vino, Arthur junto a Sarah, Jason haciendo una pose infantil, Helena gruñéndo por ello y Jack junto a Nora, colocando sus manos sobre el vientre de ésta. 
El flash se disparó y la cámara comenzó a imprimir la fotografía bajo la expectación de todos, quienes de ninguna forma llegaron a imaginar... que aquella sería la última vez que se reunirían. 



Un día más de entre tantos, con lluvia o sol, Jack seguía encerrado en el laboratorio haciendo un sin fin de pruebas a distintos tipos de cadenas genéticas bajo la orden directa de su superior. Aquel día, en concreto, se hallaba prácticamente solo. Winters, su jefe, se encontraba perdido en las instalaciones haciendo Dios sabía qué, por lo que se podía considerar que estaba solo, ya que el resto de sus compañeros tenían el día libre. El muchacho, cansado de tener el cuello doblado hacia abajo y de tener los ojos clavados en un microscopio decidió dejarse llevar hacia atrás, arrastrando la silla con un impulso de las piernas para apartarse de la mesa y estirar un poco el cuello, retirando la cabeza hacia atrás y masajeándose la nuca con una seria expresión de dolor -Esta edad ya empieza a dejarse notar...- masculló.
-Y que lo digas- Jack se sobresaltó al oír la voz de su desaparecido jefe, que había sonado de forma repentina a través de un altavoz.
-¿Vincent?- preguntó el muchacho -¿Dónde estás?-
-Aquí, atrás del cristal de estudio- rio cantarina la voz de su jefe. Jack miró hacia aquel cristal en el que se veía reflejado. Era como el típico espejo de las salas de interrogatorio de las comisarías de policía donde los individuos del interior de la sala lo percibían como un espejo, mientras que desde el otro lado no era más que un cristal para ver a través de él. Jack y sus compañeros lo sabían, por supuesto. Según Winters, ese espejo era para poder supervisar e incluso poder demostrar el trabajo realizado en las instalaciones a cualquier visitante político o socio sin tener que interrumpir a los trabajadores o hacerlos sentir incómodo bajo la atenta mirada de extraños. Era evidente que no todos estaban contentos con la idea de poder ser observados de cualquiera manera sin ellos saberlo a ciencia cierta, pero también agradecían la bendición de la ignorancia sobre la posibilidad de tener unos cuantos ojos aburridos mirándolos a través de ese cristal -¿Te he asustado?-
-Me has pillado vagueando- bromeó Jack.
-Ya lo veo- ambos se echaron a reír -¿Necesitas un descanso, chico?-
-No me vendría mal, la verdad-
-Pues venga, levanta de la silla. Vamos a tomar un café-

Dicho y hecho, Jack se encontró con Vincent Winters tras salir de la sala observación y elaboración. Ese encuentro llevó su tiempo debido a que había que pasar un largo proceso de desinfección de los trajes antes de entrar y salir de la sala, pero todo fuera por la salud de los trabajadores y del resto de la humanidad que aguardaba fuera de los laboratorios. Jack se quitó la mascara y la capucha protectora una vez estuvo descontaminado y fuera de la sala. Allí Winters ya le esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa cómplice -¿Sabes que cualquiera en tu lugar ya me habría mandado a la mierda, no?-
-Oh, lo sé- se echó a reir Jack -¿Dónde está ese café?-
-Esperando en restaurante. Vamos- ambos hombres se dirigieron hacia la sala de descanso donde disponían de una pequeña zona de restauración para comer a cualquier hora del día que fuera necesario. Aquel día, al igual que el personal del laboratorio, muchos miembros de cocina estaban de descanso o día libre, de manera que apenas estaba una chica joven y resuelta dando vueltas por la zona de restauración limpiando mesas, recolocando sillas, elaborando menús y demás quehaceres aprovechando la baja afluencia de personal -Buenas tardes, Riley- saludó Winters.
-Buenas noches querrá decir, señor Winters- corrigió amablemente la muchacha.
-¿Noches?- Vincent miró a Jack con sorpresa, mientras que éste le señalaba el reloj. Casi eran las once de la noche -Santa madre mía ¿Y seguís aquí?-
-Tenemos un jefe un tanto explotador- comentó Jack encogiéndose de hombros mientras se sentaba en una banca frente a una mesa.
-Señor...- suspiró Winters -Entonces supongo que nada de café a estas horas ¿Cómo se me ha ido el santo al cielo de esta manera? ¿Qué te parece entonces una cerveza?-
-¿Sabes qué? Casi prefiero un zumo-
-¿Vas a hacerme exprimirte un zumo ahora?- comentó Riley a disgusto acercándose a la mesa para oír las peticiones de los hombres.
-Me vale de brick. No seas tiquismiquis. Es tu trabajo-
-"Is ti tribiji"- repitió ella con burla pero jocosa -¿Y el jefazo?-
-Ponme una copa, anda. Un par de dedos de whiskey-
-Marcho ¿Nada que comer?-
-Yo cenaré en casa- apuntó rapidamente Jack.
-Yo no tengo mucho apetito, así que no. Gracias, Riley- con una sonrisilla, la muchacha marchó rapidamente para traer las bebidas que ambos habían pedido. No dejaba de estar enormemente agradecida, puesto que ya a esas horas y con los pocos que había en el laboratorio, ya podría irse a casa por fin a terminar su largo y tedioso turno. De ese modo, una vez sirvió, se marchó para dejar a ambos hombres solos.

El silencio comenzó a imperar de forma repentina en el lugar una vez que Riley se despidió y desapareció en la cocina, seguramente para marcharse por la puerta del personal. Winters agitaba el whiskey dándole vueltas en el brazo mientras que Jack sorbía graciosamente del brick de zumo de naranja a través de una colorida pajita de plástico -Últimamente el trabajo es duro ¿eh?- comentó distraido Winters.
-Siempre lo es- le quitó importancia Jack.
-Sé que estos últimos días exijo mucho. Lo siento, pero considero que es necesario- suspiró -Creo que estamos cerca, Jack. Muy cerca-
-¿De... qué?- Jack dejó de sorber para observar atentamente a su jefe.
-¿De qué va a ser? Del resultado-
-Venga ya- a Jack le costó contener una risilla.
-¿No me crees?- Winters pestañeó extrañado.
-N-no es eso. A ver, cómo lo diría...- le costaba, verdaderamente, no sonreír. Era imposible. Vincent le caló al instante.
-Jack... Dime una cosa- captó la atención del muchacho -¿Has estado años trabajando en los laboratorios, en mis proyectos, sin creer que son posibles?-
-En absoluto- negó Jack, mintiendo por supuesto. No podía decirle la contundente verdad a su jefe, ni él ni ninguno de sus compañeros de trabajo, pero era evidente que no había ni un solo miembro del equipo que creyera que podían lograr lo que perseguían bajo la tutela de Winters. No se podía curar la muerte, no se podía lograr la inmortalidad y menos en un laboratorio con cuatro moléculas.
-Hoy que estamos en petit comité, te diré que entiendo perfectamente el escepticismo del equipo. Tu escepticismo- destacó -Pero te prometo que es verdad lo que te digo. Estamos cerca, muy, muy cerca, de lograrlo. Por una vez hemos logrado una reacción positiva. Hay estímulo en células muertas-
-Estás de coña- Jack se atragantó al dar un sorbo de nuevo al zumo. Vincent soltó una carcajada.
-No, Jack, no es broma ¡No es broma!-
-Pero eso es... es...-
-¿Imposible?-
-¡Increíble, Vincent!- los ojos de Jack brillaban con ilusión -¿Cómo? Osea... ¿Cómo podriamos anunciar al mundo que hemos podido desarrollar una fórmula capaz de traer vida a alguien que haya fallecido? ¿Cómo?-
-Espera, espera- Winters reía pero aún se mantenía algo sereno -Calma, chico. Aún hay mucho que hacer. Es solo un estímulo-
-Sigue siendo un hito. Es un paso gigantesco-
-Sí, gigantesco sí- asintió el jefe -Así que espero que me disculpes por tenerte hoy aquí liado hasta tarde, pero ese esfuerzo ha resultado en este enorme paso-
-Entonces me quedo toda la noche ¿no?- comentó Jack no sin cierto desánimo.
-No seas lamebotas, Jack. Échame huevos ¿O es que no quieres volver a casa con tu chica?- Jack asintió con humildad -Solo terminamos un par de asuntos rápidos y nos vamos. Yo también estoy harto de estar aquí-
-Cualquiera lo diría-
-Yo soy un cualquiera y te lo estoy diciendo- ambos hombres se terminaron sus bebidas y se pusieron en marcha de nuevo a los laboratorios -Ah, antes tengo que ponerte una nueva vacuna-
-¿Otra vez?- ladeó la cabeza Jack.
-Sí. El suero está avanzando, de manera que se fortalece. Aún no sabemos bien qué efectos puede tener en nosotros, así que debemos protegernos. Conforme se avanza en su desarrollo, debemos fortalecer nuestras defensas con nuevas vacunas-
-A ver...- suspiró Jack -Ya sabes que no me hace mucha gracia-
-Tú y tus miedos a las agujas-
-No es miedo, pero me incomodan. Son invasivas. Entran en mi sin permiso-
-Agradece que sea una aguja y no otra cosa- bromeó Winters mientras se desviaba junto a Jack a la sala médica para ponerle la nueva vacuna.

Por suerte, fue más rápido de lo que Jack esperaba. La nueva dosis era muy pequeña, de forma que apenas tuvo que sentir la molesta sensación punzante apenas unos segundos -Todo listo, machote- Winters le dio una palmada en la espalda -Ahora ya solo necesito que me hagas un favor ¿Quieres?-
-Claro- asintió Jack volviendo a ponerse el traje de protección.
-Solo necesito que lleves esto- señaló a un carrito lleno de pequeñas probetas con un extraño líquido amarillento en su interior -Déjalo allí en la sala de elaboración, no les pasará nada. Déjalos en un rincón donde no molesten pero por lo que más quieras, desconecta las microondas-
-¿Por quién me tomas?- se molestó Jack -No soy un novato-
-Claro que no, pero eres humano. Los humanos cometemos errores y este error no es uno que debamos permitirnos o vamos a saltar por los aires-
-¿Pero qué diablos es eso? ¿Nitroglicerina?-
-No, no es nada de eso. Tú solo hazme caso- asintió Winters con seriedad.
-A sus órdenes, supongo-
-Exacto, a mis órdenes. Venga, tira. Ya nos veremos mañana- se despidió con amabilidad Winters mientras Jack empujaba el carrito de vuelta a la sala de elaboración.

Distraido, el joven iba deambulando por los blancos pasillos mientras el carrito traqueteaba suavemente emitiendo un agradable sonido cristalino de los frasquitos al vibrar unos contra otros. Tanto era así que tardó un buen rato en darse cuenta de que su teléfono móvil estaba vibrando con violencia en el bolsillo. A toda prisa, abrió la cremallera del traje para poder cogerlo justo antes de que la llamara se cortara -¿Hola? ¿Nora?- preguntó al haber visto que era ella quien llamaba.
-Oye, feo- oyó la voz de su chica -¿Dónde te metes?-
-Atravesando el pasillo de la Estrella de la Muerte. El Emperador me ha dado una misión-
-Qué importante- comentó ella con ironía -Tanto como el estar esperándote casi más de media hora-
-¿Eh?-
-Estamos todos aquí, Jack- comentó Nora entre risas -Llegas tarde, otra vez-
-¡Joder, es verdad!-
-Tranquilo ¿Te queda mucho?-
-No, solo llevar unas muestras y vuelvo cagando leches-
-Como te he dicho, tranquilo. No vayas a estrellar el Halcón- se mofó su novia
-Muy graciosa- contestó Jack entre risas -Acabo aquí y vuelvo enseguida ¿De acuerdo?-
-Venga. Te esperamos-
-¡Pero solo un poco más, capullo! Tengo hambre- se oyó de fondo la voz de Helena, una amiga íntima de Nora.
-La has oido, supongo- suspiró Nora.
-Alto y claro. Voy corriendo-
-Ten cuidado ¿vale? Te quiero-
-Te quiero, cielo. Espérame- dicho eso, colgó el teléfono y aceleró el paso. Se adentró en la sala tras la descontaminación y acercó el carrito a una esquina apartada de las mesas de experimentación para evitar que pudiera mezclarse cualquier tipo de sustancia que pudiera contaminar las muestras que había en el carrito. Luego, como Winters pidió, comenzó a apagar todos los dispositivos que había en la sala para que no hubiese reacciones inesperadas -De acuerdo- dijo para sí, observando su alrededor -¿Todo bien, todo bien, todo bien...?- se decía, observando como todo estaba perfectamente apagado -Bueno, pues vámonos- dio una palmada y se descontaminó para salir a las taquillas para vestirse e irse a casa. Un nuevo día, un nuevo paso. De ser cierto lo que decía Winters, iban a hacer historia en cuestión de tiempo. Pronto, muy pronto, cambiarían la vida de la gente para siempre.